No se habla del lector. Se habla del autor, autora, del lanzamiento, del éxito de ventas, de la feria. Se habla del libro como noticia, como novedad, pero rara vez de quien sostiene todo eso —quiero creer que así es—: quien busca, compra, abandona, relee, persigue, presta, pierde.
Tal vez porque el lector no hace más ruido que su compra y lee muchas veces en solitario, en silencio y cambia de opinión sin anunciarlo.
No se comenta sobre quien vuelve a una novela después de diez años. No hay entrevistas para quien encuentra por fin un título agotado en un mesón de saldos. El lector deja poco rastro y casi ninguna épica.
Sin embargo, ahí ocurre una de las formas más persistentes del placer.
Está, por ejemplo, en la búsqueda. En entrar a una librería sin demasiada prisa y demorarse más de la cuenta. En mirar estantes ajenos, sacar un libro que no conocía, leer una página. En ir buscando algo y terminar encontrando otra cosa.
En rigor, pocas actividades permiten perder el tiempo con tanta dignidad.

También está el placer de abandonar. Se habla poco de eso. De cerrar un libro sin culpa, de aceptar que no era para una, o no todavía.
Nos enseñaron a terminar lo empezado, como si dejar una novela a medias fuera una falta moral. Pero leer también consiste en reconocer cuándo algo no entra, cuándo una historia no convence. A veces abandonar es también una forma de leer.
Y está el reencuentro. Hay libros que esperan años, que quedan a medio leer, que juntan polvo en un librero y que andan de lugar en lugar hasta que una tarde cualquiera vuelven a abrirse. Entonces ocurre algo desconcertante: ya no son el mismo libro, porque una tampoco es la misma lectora. O persona.
Hay ciertos párrafos que llegan tarde, ensayos que sólo se entienden tras el paso de los años y poemas que necesitan ciertas heridas para volverse, digamos, legibles.
Finalmente, está el placer de encontrar. No el libro nuevo y visible del mesón de novedades, sino ese otro que parecía perdido: una edición descontinuada o un título que anotaste en una clase y nunca lograste encontrar. El momento es mínimo y, sobre todo, privado.
Quizás por eso leer resiste. Porque, aun rodeado de ruido, sigue siendo un lugar íntimo. Y en una época donde casi todo se comparte de inmediato, todavía existen placeres que suceden completamente en la esfera íntima. No encontramos sólo libros: a veces también nos encontramos a nosotros mismos.




Excelente columna, muy acertada con la realidad. Cuantas veces he querido terminar un libro y pareciera que ese libro se escabulle por los rincones.
Mucho tiempo dejé libros a medias y no los terminaba porque entre medio ya no llamaban mi atención o no eran interesantes, más que contar un cuento, o inventar cosas que no me hacían parte de… con eso solo me sentía un mal lector, hasta que di con el camino real a mi felicidad que, básicamente, es la filosofía, con eso sin querer avanzo leo y leo y me sucede lo que escribe la periodista respecto al lector. Haciendo alusión a aquellos manjares filosóficos, cito a un grande “Más el que quiera encontrar la felicidad en sí mismo, no tiene que buscar el remedio en otra parte que en la filosofía, porque los demás placeres no pueden tener lugar sin el intermedio de los hombres…” La política, Aristóteles.
Que sigan esas columnas llenas de elegancia y arte. Bravo.