Atrás quedó el viejo hábito de dejar la tele prendida durante el día. Hoy el silencio de la casa lo llenan los podcast, los streams o videos de YouTube. No es casualidad. La televisión abierta dejó de ser la compañía favorita del público.
La industria todavía no lo asume del todo, pero la batalla ya la perdió. Mientras la tv sigue hablando a la audiencia, el mundo digital conversa con los usuarios.
Los canales son esclavos de su propia lógica: parrillas problemáticas, tiempos acotados, conversaciones pauteadas y la dependencia de bloques comerciales que interrumpen el contenido. Es completamente entendible porque se sustentan así, necesitan grandes ingresos para existir.
En paralelo, pasa otra cosa. Gente hablando sin libreto, hablando de temas irrelevantes, incluso cuando en televisión se está hablando de temas contingentes. Las personas prefieren encontrar compañía en conversaciones banales entre amigos, eso hoy funciona mejor. El público, sobre todo el más joven, ya tomó esa decisión. Incluso, hace años. Ya no quiere que le digan que ver a una determinada hora, quiere elegir, quiere cortar, quiere adelantar, quiere pausar, volver atrás.
Los grandes ejemplos son programas como Tomás va a Morir o El Sentido del Humor, que no solo tienen millones de reproducciones, tienen algo que la tele abierta no ha sabido construir comunidad. Gente que comenta, que participa y entiende los códigos de esos programas.
La televisión lo ha intentado con los famosos react. Si hay un programa, hay un react, aunque nadie lo haya pedido. Algunos funcionan, pero muchos apenas alcanzan números que no resisten comparación, porque al copiar un formato no siempre se hace bien, y no siempre se entiende.
El problema es más profundo. A la televisión le cuesta -o derechamente no puede- ser liviana, porque está diseñada a otra escala y en otra época. Mientras un creador, con un equipo acotado, prende una cámara y listo, un canal necesita un estudio, un equipo de producción, presupuestos y una serie de otros gastos asociados. La espontaneidad, en televisión, sale cara. Y además tiene otro problema: quiere hablarle a todos.
La televisión abierta sigue creyendo que ser masiva es una virtud, pero hoy se ha convertido en una trampa. En un mundo de nichos, hablarle a todos muchas veces es no conectar con nadie. Los medios digitales entendieron algo clave. Es preferible tener 100.000 seguidores fieles que millones de suscriptores inactivos. Y eso se refleja en los números.
Ejemplos concretos sobran. El canal de YouTube de Canal 13 tiene más de 6 millones de suscriptores, pero un video de menos de 10 minutos, subido hace 5 días, apenas alcanza las 5.800 reproducciones. En contraste, un stream de Once de Pamela Díaz, con 742 mil suscriptores en la misma plataforma, supera las 35 mil reproducciones a solo 5 horas de haber sido publicado.
Otro caso es uno de los programas de la tele abierta que más se acerca al modelo digital es “El Medio Día” de TVN. Sin embargo, un capítulo del programa subido hace 5 días, en el canal de YouTube de TVN, que cuenta con más de 4 millones de suscriptores, no alcanza las 2 mil reproducciones. Mientras tanto, un episodio de “Martes de Pololeo” en Fabuloso (164 mil suscriptores), a 5 horas de su publicación, ya se acerca a las 40 mil.
Por eso no sorprende que los rostros también están migrando a estos formatos que son más redituables.
Otra desventaja de la televisión en el medio digital es que sus contenidos caducan. Lo que pasó hoy en el matinal en 2 semanas no le importa a nadie, en cambio una conversación entre amigos en un podcast puede vivir por meses y en la economía de la atención eso vale oro. Un video subido a YouTube hoy puede perfectamente seguir generando ingresos en 5 meses más, mientras que un video de contingencia, llegando al peak de visualizaciones del día o de la semana, luego vence.
En definitiva, el cambio no es solo tecnológico, es cultural. La televisión abierta dejó de tener el control, hoy lo tiene el usuario y no lo va a soltar, porque entendió que prefiere una conversación simple antes que un formato televisivo de alto costo.
Tal como lo dijo Paloma Salsa al inicio de uno de los capítulos de su podcast en Fabuloso, son vistos por “todos los chilenos y chilenas que se sienten tan solos (por) el vacío del silencio (.. )que necesitan prender el YouTube”. Saben que no se pueden perder un capítulo, porque saben que allí la van a pasar bien, porque tristemente la tele ya no es tan fabulosa como antes.

