Han pasado casi 4 meses desde aquel fatídico incendio que azotó Penco, Tomé y Concepción en la región del Biobío. 20 personas fueron víctimas del siniestro y cientos de damnificados los que presenciaron cómo la casa que tanto les costó construir y tener se quemaba sin control.
La reconstrucción material ha comenzado, pero existe otra reconstrucción, más lenta y silenciosa, que no depende de ladrillos ni subsidios: la emocional. El impacto psicológico de perderlo todo en cuestión de minutos genera secuelas que los especialistas comparan con los traumas de guerra, donde el «hogar», el espacio sagrado de protección, se convierte en el escenario del horror.
A casi cuatro meses de la catástrofe
Una de las afectadas es Constanza Arenas Parra, ama de casa de 32 años, sobreviviente del incendio que afectó Punta de Parra, una zona que se quemó en un 80%.
Madre de dos hijos, Rafael de 11 años y Catalina de 14, Constanza enfrenta el reto de sostener emocionalmente a su familia mientras ella misma intenta lidiar con su propia fragilidad.
Recuerda cuando regresó al lugar donde antes estaba su casa. “Estaba todo quemado, no había nada acá en mi sitio, nada, nada, nada. Ahí lloré sola”, recuerda.
Los tres vivían junto a su madre de 64 años en una casa que hoy es solo un recuerdo. Actualmente, el terreno está ocupado por una pequeña estructura de 6×6 metros, una donación de una institución vinculada a una iglesia que, aunque funcional, subraya la pérdida de la privacidad y el espacio personal.
“En una pieza tenemos tres camas. Familiares nos regalaron una cocina para que mi mamá pudiera hacer el almuerzo, un refrigerador. Entonces, de a poquito hemos ido avanzando”.
La mujer cuenta que se trató de una bendición que llegó hace cerca de un mes, pues hace solo semanas dormían con sus hijos y su madre en frías carpas y cocinaban en la intemperie.
La salud mental de Constanza se ha visto erosionada por lo que ella describe como un tiempo suspendido. “Es triste. Estos tres meses han sido una eterna espera. Para mí ha sido eterna”.
A ello se suma tener que separarse de su familia en diversas ocasiones. “He tenido que trabajar mucho mi paciencia, mi ansiedad, de volver a tener mi espacio, mis cosas, un lugar seguro donde estar con mis hijos porque hemos pasado momentos donde nos hemos tenido que separar para que ellos no pasen frío”, lamenta Constanza.
“Se han tenido que quedar en casa de familiares. Me he tenido que separar de mi mamá porque mi mamá tampoco ha querido dejar su sitio, su espacio seguro, que es lo único que tenemos acá. Ha sido de verdad una larga espera, una eterna espera”, confiesa.
La afectada destaca el apoyo de particulares. “Yo digo, el pueblo ayuda al pueblo porque nosotros recibimos mucha ayuda de influencers, conocimos muchos famosos, vino gente de lejos, personas que me dieron un abrazo, que me ayudaron con cosas para mis hijos”, recuerda.
Pero aun así, resalta la labor de Desafío Levantemos Chile. “Los principales que nos han ayudado han sido ellos. Llegaron el día uno y ellos siguen acá en Punta de Parra”.
En cambio, del municipio de Tomé solo recibieron una caja de alimento. “Ofrecen las viviendas de emergencia, pero te ponen la letra chica, miles de excusas y se la dan a 10 familias de 30”, critica Constanza. A aquello complementa: “Nosotros del municipio, nada, pero sí de personas particulares y de Desafío que, de hecho, ahora, gracias a ellos, a nosotros nos están construyendo una casita acá en el sitio de mi mamá”.
Sus vecinos también han recibido mucho apoyo. Constanza cuenta que, luego de estos meses, carpas ya casi no se ven en la zona, pero todos están en la misma situación: construyendo y comprando lo necesario para formar su nuevo hogar.
“De a poco, construyendo algo pequeño para empezar, para pasar el invierno más que nada. Y después ir construyendo algo definitivo”, dice esperanzada. “De a poquito pienso que vamos a poder volver a tener nuestras camitas”.

Un infierno en la tierra
Richard Flores Orellana, de 51 años y oriundo de Lirquén, también vivió en carne propia el incendio que destruyó el hogar que había formado junto a su hija en el conjunto habitacional Ríos de Chile, que el 15 de abril fue demolido completamente. Del incendio escapó con su pareja, hija y mascota.
Es trabajador portuario, se desempeña en Lirquén y actualmente vive en San Pedro de la Paz. Su cuñada y su familia le están dando un hogar temporal tras la tragedia.
“No viví mucho tiempo allí, pero igual estaba encariñado con el lugar. Era una parte donde vivíamos tranquilos, estábamos bien encariñados. Tenía buenos vecinos”, recuerda.
Jamás imaginó que las llamas iban a llegar a la puerta de su hogar. Confiaba en que solo sería un susto, como el incendio del 2017, el cual fue controlado a tiempo.
Su relato sobre la huida es una descripción vívida de un evento traumático. “Era un infierno la tierra, era como que estuviera en medio de un tornado. Era un viento horrible que no se podía respirar”, recuerda. El fuego estaba por todos lados: “En mi mente dije, ‘Aquí nos vamos a quemar’». Sin embargo, gracias a la agilidad de su conducción, logró escapar.
Sobre cómo han sido estos cuatro meses luego de la tragedia, Richard explica que ha recibido ayuda de su familia, al igual que del sindicato al que pertenece en su trabajo.
Él, junto a 29 compañeros que fueron damnificados, recibió el apoyo de su empresa y fue beneficiado con bonos.
Al igual que Constanza, también destaca la ayuda de terceros: “La gente de afuera se portó súper bien. Todavía creo que hay voluntarios ayudando a la gente de abajo”.
A diferencia de las casas de terreno, los departamentos presentan un desafío psicológico distinto: la imposibilidad de «parar una mediagua» en el mismo lugar de forma inmediata. “El departamento ya lo están demoliendo, pero uno cuando tiene un sitio, es más fácil parar una casa y Lirquén se está levantando”, dice con cierto orgullo de sus vecinos.
Aunque rápidamente recuerda la realidad: “Cuando he ido, se ve que se está levantando e igual eso da ánimo a la gente y bien por ellos. Nosotros, en cambio, lamentablemente vamos a tener que esperar más”.
“Estaba viendo las noticias y hay que esperar que en el congreso aprueben una ley de reconstrucción. Entonces, mucho sería que no lo aprobaran, porque usted sabe que la política algunas veces es cochina. Esto es pura burocracia, en todos lados pura burocracia”, critica Richard.
Ahora, a él y a su hija solo les queda esperar y postular a un subsidio de arriendo, pero mira la medida con recelo: “Igual no lo veo tan fácil como dicen. Yo creo que va a ser más complicado el tema. Así que solamente hay que esperar”.

Estado de shock
Ashley Briño, una estudiante de periodismo, también presenció cómo su hogar en Ríos de Chile, el que compartía con sus hermanos, madre, abuela y mascota, era consumido por las llamas.
Al recordar aquella noche, Ashley cuenta que estando en la calle, frente a las llamas, le ocurrió una situación particular: “Tengo recuerdos de ver todo, pero no escuchar nada. Es raro, porque obviamente toda la gente estaba gritando, corriendo, pero yo no tengo recuerdos de escuchar”.
Su estado de shock era tanto que le impidió escuchar el ruido de las estructuras cediendo y de la gente gritando, corriendo por su vida.
“Las llamas eran inmensas, se sentía el calor y las llamas igual estaban lejos. Uno veía a la gente de las poblaciones corriendo, tratando de salir de ahí”, revela.
Ashley y su familia encontraron un hogar temporal poco después de la tragedia. La ayuda tardó en llegar en un inicio, debido al control policial en la zona producto de la muerte de vecinos a causa de las llamas. Sin embargo, las almas generosas no tardaron en aparecer.
“No puedo ser malagradecida porque tengo la suerte de pertenecer a una iglesia. Entonces igual llegó bastante ayuda. Uno después, con el tiempo, analizando y dándose cuenta, las cosas que llegaron igual fueron hartas”, reflexiona la joven.
Con la ayuda material también llegó el cariño de cercanos y amigos: “Había mucha preocupación y uno lo valora bastante, ya que te van a dar algo que no tenías, pero el tener apoyo en ese momento siento que igual es como muy importante”.
Ahora a Ashley, al igual que Richard, solo le queda esperar a que las construcciones avancen. Una espera de tres años calcula Ashley. “No se deberían demorar tanto tiempo”, dice.

La contención
Soraya Reyes, del sector de Villa Penco, no fue una vecina afectada directamente por el incendio de la zona, pero sí presenció cada proceso: desde ver cómo las llamas arrasaban su villa hasta las iniciales reconstrucciones.
Ella y otras vecinas se organizaron para preparar ollas comunitarias para las víctimas del incendio y a mediados de marzo abandonaron la labor al ver que sus vecinos ya habían logrado levantar lo que es su nuevo hogar.
“Nosotros desde el día después del incendio estuvimos ayudando, estuvimos participando y cooperando lo que más se podía con los damnificados. Después, con el transcurso de los meses, terminamos el 23 de marzo ayudando”, cuenta.
Pero Soraya no solo ayudó en ese aspecto, sino que también en contención con sus pares: “Aquellas personas que perdieron todo, había que hacer contención, estar ahí para escuchar, para contener o simplemente para dar un abrazo y que la gente llorara y botara un poco la pena, la decepción, la frustración, todo lo que significaba ver que se habían quedado absolutamente sin nada”.
Tras el incendio, Soraya relata que los primeros en llegar a la zona fueron particulares. Durante 3 semanas, gente desconocida ayudó a los damnificados.
“Lamentablemente, al principio en este sector había muy poca ayuda. Tanto de las autoridades como de particulares. Después del incendio, las personas particulares llegaban aquí todos los días a ayudar a toda la gente. A la semana llegaron del municipio y el gobierno. Muy tardío, se demoraron demasiado en llegar”, critica Soraya.
Al ver el retraso de las autoridades, los vecinos no esperaron y construyeron sus casas con los recursos que tenían.
“En este sector, la mayoría de la gente autoconstruyó; no esperó las casas de emergencia ni nada, y fueron muy pocos los que escogieron vivienda de emergencia, ya que también la información que se daba desde el gobierno era bien confusa”, dice, un tanto molesta.
Actualmente, la zona está volviendo a tomar más vida y la tristeza comienza a quedar atrás, pues las nuevas construcciones están cubriendo las zonas quemadas y los vecinos están retomando su rutina, aunque con ciertas secuelas: impacto en su salud mental.
Algo en lo que coinciden los tres afectados y la mujer que ayudó a sus vecinos es el impacto del incendio en la salud mental.
Constanza y Soraya afirman que la ayuda médica llegó los primeros días tras la catástrofe. Sin embargo, con el correr de los días, los especialistas, incluso alumnos en práctica que acudieron a prestar ayuda, volvieron a sus rutinas y la ayuda psicológica quedó en segundo lugar, algo que ahora también requiere completa atención.
Reconstruir en piloto automático
Constanza cuenta que “psicológicamente hay una carga constante de preocupaciones”.
“Uno como adulto trata de que los niños vayan volviendo a su rutina, pero también es difícil volver 100% porque perdiste todo, o sea, te quedan solo los recuerdos. Los niños volvieron a clase y tratas de hacerles las cosas más fáciles y de repente retrocedes porque quieres volver a tu rutina de antes y no puedes”, lamenta Constanza.
“Uno es mamá y quiere que todo sea más rápido y no se puede. A mí me ha costado mucho porque yo quiero darle lo mejor a mis hijos que volvieron a la escuela. Que son adolescentes y que no tienen la culpa de lo que pasó”, dice.
Por su parte, Richard cuenta que ha sufrido ciertas consecuencias luego de la catástrofe.
“Igual cuesta. Aquí (San Pedro de la Paz) escuchaba una sirena y me asustaba (…) Creo que ni el terremoto ni el tsunami del 2010 fueron nada comparado”, dijo sobre lo que parecen ser señales de un estrés postraumático.
No obstante, Richard es optimista: “Estoy tranquilo, se me ha pasado un poco esa sensación de miedo, pero sí, ahora estoy más atento al tema, no sé, de dejar desenchufadas las cosas; como que te queda recalcado que hay que ser más precavido. Siempre fui precavido, pero ahora más”.
Respecto al estado de su hija, cuenta que también quedó afectada con el incendio. Ella se niega a regresar al lugar de los hechos, una reacción de evitación vinculada al trauma. “No quiere, le hace mal ir a ver el lugar. Igual quedó con un estrés, con un miedo, porque la casa era nuestro nido. La tenía bien arreglada, invertí, me instalé, pedí préstamo, la empecé a arreglar de afuera”, lamenta.
Aun así, el optimismo no desaparece: “Yo estoy convencido de que algo va a salir. No nos podemos quedar en el aire”.
Ashley identifica un problema grave en la comunidad de damnificados: la evasión de la salud mental. En su círculo, el tema es tabú o se posterga por la urgencia de la subsistencia. “Al final, todos estamos todavía como en piloto automático, como que hay cosas que todavía no te pegan mucho. Tú sigues tan pendiente de las cosas y uno todavía está muy en ese modo de incendio, todavía no te desconectas de eso. Entonces, eso hace que tú no puedas seguir, no puedes estar en calma y avanzar”, reflexiona.
En su caso particular, cuenta que extraña su antiguo hogar: “Los primeros días desconocías tu ropa, desconocías tus cosas, como que no sentías esa conexión con lo que te rodeaba, con lo que tienes ahora. Entonces, hay que volver a empezar”.
La joven confiesa que perdió lo más valioso: los recuerdos de su abuela y de su iglesia: “Perdí tantas cosas (…) Todas esas cosas no las voy a recuperar (…) Con eso uno tiene que aprender a vivir y aceptar que son cosas que no se van a recuperar y que nunca van a volver”, reflexiona la joven.
Soraya, en tanto, ve la realidad de sus vecinos: “La gente necesita mucha ayuda en cuanto a salud mental porque muchos no conversan (…) Muchas veces se conversan las cosas o se toma todo para la chacota, pero la gente necesita ser escuchada”, asegura Soraya. “Mucha gente necesita contención todavía”, insiste.
El incendio no solo arrasó con viviendas, sino también con recuerdos y proyectos de vida.
A casi cuatro meses de la catástrofe, las huellas siguen presentes en cada relato: en la espera interminable de una solución definitiva, en la reconstrucción levantada con esfuerzo propio y en las secuelas emocionales que aún no encuentran un espacio para sanar.
Mientras algunos avanzan poco a poco con ayuda de terceros y redes de apoyo, otros enfrentan la incertidumbre de procesos burocráticos que retrasan la construcción de su nueva vivienda.
Sin embargo, en medio de la adversidad, también emerge una constante: la solidaridad. Vecinos, voluntarios y organizaciones han sido clave para sostener a quienes lo perdieron todo.
Hoy, más allá de la reconstrucción material, el desafío parece ser otro: reconstruir la vida cotidiana, recuperar la estabilidad emocional y volver a sentirse seguros en un espacio propio. Porque aunque las casas comienzan a levantarse nuevamente, las historias dan cuenta de que el verdadero proceso de reconstrucción —el más profundo— aún está en curso.


