Tras el autoexilio, Ramón Griffero volvió a Chile y fundó El Trolley, un espacio de resistencia cultural en dictadura. Los Prisioneros, Electrodomésticos, Ángel Parra, Javiera Parra, Juan Pablo del Río y Vicente Ruiz fueron algunos de los nombres que pasaron por el recinto ubicado en la calle San Martín 841 en Santiago.
En este entorno nació su compañía Teatro de Fin de Siglo. “Su primera obra era denunciar la existencia de detenidos desaparecidos y la tortura. Y quienes aceptaron esa convocatoria, la mayoría era de disidencia sexual, lesbiana y gay. Desde ese momento había un interés de que los personajes de la disidencia que aparecieron en las obras no fueran el personaje cómico”, recuerda.
Agrega: “Se usaba un personaje de la disidencia para denigrarlo, denostarlo y como elemento que hacía reír, y eso en la televisión, en la serie, para que hablan de los cómicos.
Allí fueron las primeras obras donde los personajes no están estigmatizados por su género, sino que son parte”.
Después de un viaje a Texas, hasta donde llegó para ver la representación de su obra La Gorda en la Universidad de Puebla, el Premio Nacional de Artes de la Representación (2019) se hace un espacio para Revista Punto C y recordar aquellos años.
En los tiempos de El Trolley, Griffero escribió Manifiesto para un teatro autónomo (1985), cuyo leitmotiv era: “Para no hablar como ellos hablan, ni representar como ellos representan. Autónomos porque no tenemos nada, y nada nos dieron. Autónomos porque auto-generamos y nos auto-conducimos”.

“Esa frase es un leitmotiv siempre presente en el arte–reflexiona Griffero–. Es una forma de resistencia constante de que nuestras percepciones sensitivas, emotivas, relacionales, no son aquellas que nos muestra la televisión. Siempre es un desafío del arte cómo poder hablar de lo mismo, pero desde otro lugar”.
Décadas después de ese periodo, el dramaturgo continúa viviendo ese leitmotiv, pero desde otras veredas. Dejó las universidades para hacer clases en talleres. “Es un formato bonito, porque en las clases de repente los alumnos están obligados a seguir un curso. En cambio, en talleres a la gente le interesa esa materia”, reflexiona.
Uno de esos talleres lo realizó en el Festival Desviaciones, evento que reunió obras de teatro, danza y performance con enfoque en las disidencias, con el Museo de la Memoria y los Derechos Humanos como telón. En el evento, junto a Guillermo Moscoso y a Elizabeth Rodríguez, recibió un reconocimiento a su trayectoria.
“En esta trayectoria existe mucha gente. Existe mi pareja de 35 años, existe la gente que constituyó el Teatro Fin de Siglo en los años 80”, valora.
El arte minoritario
El Festival Desviaciones, financiado por un concurso público del Ministerio de las Culturas, no estuvo exento de polémicas. Los diputados de la comisión de Cultura de la Cámara Javiera Rodríguez (Partido Republicano), y Cristóbal Urruticoechea (Partido Nacional Libertario), oficiaron al Ministerio de las Culturas para solicitar información sobre su financiamiento.
“Aquí no se trata de libertad de expresión, sino de dejar de financiar promiscuidad con recursos públicos”, argumentó Rodríguez. Fue la actividad Práctica de Culos la que nuevamente desató las alarmas.
La organización del evento respondió y sostuvo que “el arte no es pornografía. Reducir el arte a categorías moralistas es desconocer su carácter crítico y reflexivo”.
—¿Qué le parecen esas críticas?
Son y serán eternas. Que esto esté asociado con visiones de la extrema derecha, es completamente parte de esta normalidad. Es decir, no se puede esperar otra cosa.
—¿Y usted cree que el Estado debe seguir financiando estas obras?
La política del Estado va a depender del gobierno de turno. Es como la frase de Millei: ‘el que se quiere creer hipopótamo, que se crea hipopótamo, pero el Estado no va a financiar nada’. Es como esperable, de acuerdo a los gobiernos que hacen las políticas de Estado en términos culturales.
—¿Cree que la cultura ahora corre un riesgo en este gobierno, que ya ha anunciado recortes en varios ministerios, entre ellos el de Cultura?
Es que sucede algo bastante paradojal, porque cuando yo volví del exilio a la dictadura, todos los teatros funcionaban, todos los museos funcionaban, había festivales de música, había festivales de teatro, y que no tenían que estar alabando al régimen, ni mucho menos, y habían performances, y había ferias de libros, y estaban los actores en teleseries.
Aparentemente, no había ninguna censura. Por lo tanto, la cultura, de cierta manera, blanqueó la dictadura, pero todas esas expresiones existían. Nadie las censuraba.
Entonces, yo creo que aquí es lo mismo. Se apoyará todo aquello que no tenga una mirada crítica. Si tú quieres bailar y cantar, baila y canta, y si quieres pintar un muro, pinta un muro, y si quieres echarte pintura en la cara, échate pintura en la cara. Pero en el momento que tú pasas una línea… En el fondo, no se censura en términos de acción. Claro. Si no, se ignora, te ignoran, o no se difunde.

—¿Cómo ve el panorama del teatro chileno en este mismo contexto?
Es que lo que pasa es que cuando hablamos de teatro y hablamos en realidad de arte y de cultura. No hay que olvidar que una gran parte del arte y la cultura son un arte de mercado. Es un arte que nace del lucro. Y está bien que existan, pero son obras que nacen, que tienen un énfasis de lucro. Es el que se difunde y el que tiene espacio en la televisión, el cual tiene espacio en los medios. Por lo tanto, aquel que es minoritario seguirá existiendo siempre, un lugar de resistencia.
—¿Y cómo ve este teatro minoritario?
Este teatro minoritario, primero, está construyendo espacios propios, espacios autónomos. Yo creo que ahí está el manifiesto que tú citaste. Ese mismo concepto es el que están asumiendo los grupos de teatro disidentes, la autonomía y crear su propio espacio. Hay muchos.
Ramón Griffero sigue del lado de ese teatro. Si bien ahora está enfocado en escribir narrativa, sigue en el escenario haciendo intervenciones urbanas en Brasil y Chile, en ciudades como Chillán y Concepción. Los temas que aborda, asegura, “son los mismos”. “Uno se ocupa del amor, de la injusticia, de la violencia, es lo que… lo que avanza es cómo hablar de aquello, cómo lo traduzco en lenguaje artístico”.

