La ciudad me mata: no tengo 24 horas

¿Alguna vez has sentido que no te quieren en un lugar? Quizás un cumpleaños al que fuiste por compromiso; tal vez una conversación de la cual no te sentiste parte. Puede que caminar con ese grupo de amigos ya no se sienta igual que antes o notaste que los gritos de tu familia te están agobiando por las mañanas.

Bueno, tu ciudad también puede sentirse así. Y eso está costando la salud de las familias de menos recursos.

«No es para ti»

Según datos preliminares del Censo 2024, presentados por el Instituto Nacional de Estadísticas, cerca del 87% de la población en Chile habita en ciudades. Sin embargo, esta enorme mayoría de la población se enfrenta, precisamente, a un lugar que no fue pensado para ellos.

Veamos el caso de algo tan fundamental como conseguir el sustento para la familia: el trabajo. Según la última Encuesta Monitor Social, realizada por el Observatorio Social de la Universidad del Alba, un 93,7% de los encuestados considera que el trabajo es “Importante” o “Muy importante” en su vida.

Suena de toda lógica, aunque el panorama se vuelve complejo al considerar el sacrificio que significa conseguir el sustento. Un análisis de Trabajando.com revela que los chilenos tardan, en promedio, una hora en llegar a su trabajo y otra más en volver a sus casas. De hecho, estos tiempos de traslado no han hecho más que aumentar en la última década.

A primera vista podría tratarse de un fenómeno general. Pero basta una segunda revisión para darnos cuenta que esta realidad se acentúa, sobre todo, en las comunas más pobres del país. 

Las 10 comunas de la región Metropolitana cuyos residentes tienen los mayores tiempos de movilización son, de hecho, las de menos recursos. Puente Alto, La Pintana y San Bernardo lideran la lista. Mientras menos recursos, menos tiempo para vivir.

El psicólogo EMDR Julio César Carrasco explica bajo la psicología ambiental (una especialidad que estudia la relación entre el espacio y la conducta humana) el entorno no es un telón de fondo: es un factor activo en cómo nos sentimos, pensamos y nos relacionamos.

“Cuando para ir al médico, llevar a los hijos al colegio o simplemente descansar hay que recorrer horas, el mensaje implícito que recibe quien vive ahí es claro: esto no fue pensado para ti”, indica el especialista en conversación con Punto C.

Pero ¿por qué?

Por más de 50 años, Chile ha mantenido cimientos legales y empresariales sólidos que han permitido construir a niveles superiores a los requeridos para el reemplazo de viviendas obsoletas, algo considerado un logro significativo para un país en desarrollo.

Sin embargo, urbanistas y arquitectos han cuestionado que, si bien la formación de nuevos barrios suple la necesidad de vivienda nueva, su ubicación en las periferias de grandes ciudades dificulta su integración y, por ende, deteriora a largo plazo la calidad de vida de sus habitantes.

Académicos del área, como María Elena Ducci (“El lado oscuro de la política habitacional chilena”) o Ana Sugranyes (“El problema de los con techo”) han evidenciado cómo la política pública ha favorecido la creación de guetos urbanos, barrios que son «dormitorios», alejados de los centros de empleo, servicios de salud, educación y cultura.

Viviendas cada vez más pequeñas y con problemas estructurales o de emplazamiento consolidan la imagen de “barrios marginales”, dependientes del traslado a centros cada vez más lejanos, menos accesibles y donde los “tacos” son pan de cada día.

Como toda relación en la vida, uno de los factores que ha dificultado consolidar un plan de desarrollo urbano sostenible es la falta de capacidad para entender la realidad del otro.

Según el arquitecto y docente de la Universidad del Bío Bío, Luis Darmendrail, hay una desconexión entre las diferentes miradas que construyen la ciudad y eso genera un desbalance en el desarrollo urbano: “la ciudad hay que comprenderla de forma integral, conociendo las realidades, pero hay muchas personas que se quedan en la teoría y no tienen idea de lo que pasa en la ciudad. No se bajan del auto, no ocupan transporte público. No conocen cómo cambia una realidad de una calle a otra”.

Esta desconexión entre la autoridad gestora y la realidad urbana consolida ciudades cada vez más ajenas.

Y después de la pega…

Solo un tercio de los habitantes del Gran Santiago tiene una plaza o parque a menos de 400 metros de su vivienda, según el Centro de Políticas Públicas de la Universidad Católica.

El patrón se repite: según un estudio de 2025 de Corporación Ciudades, mientras en comunas como Las Condes o Lo Barnechea las áreas verdes alcanzan un 70% de la superficie, en las más vulnerables como Pudahuel o Lo Espejo la cifra no supera el 30%.

¡Pero ojo! El mal diseño también está en el barrio alto

Otro factor que deteriora la calidad de vida de las personas es la exposición constante a altos niveles de ruido. En ese aspecto, las comunas de altos ingresos también se ven enfrentadas a esta problemática.

Según la actualización del Mapa de Ruido del Gran Santiago (2024-2025) del Ministerio del Medio Ambiente, las comunas con más habitantes afectados por niveles superiores a los recomendados son Santiago y Las Condes.

Si se mide por el porcentaje de su población total expuesta, destacan Vitacura y Cerrillos, donde casi el 30% de los residentes recibe niveles de ruido inaceptables debido a la cercanía con autopistas y vías troncales.

¿Y en qué nos está jodiendo?

Según el psicólogo Julio César Carrasco “vivir en entornos donde el ruido es constante, el tráfico impredecible y los espacios están deteriorados equivale a habitar un lugar que permanentemente señala amenaza o precariedad”.

Los efectos son concretos: el ruido crónico altera el sueño, dificulta la concentración y aumenta la irritabilidad, asociándose directamente con mayor prevalencia de ansiedad, señala el experto.

Los trayectos extensos producen fatiga por traslado y reducen el tiempo disponible para el descanso, el ocio y el vínculo familiar. 

Young businesswoman with headache touching her head while sitting in front of computer monitor by her workplace at night

“Cuando una persona vive en un departamento donde no caben dos personas sin rozarse, o en un barrio donde el centro de salud más cercano está a una hora de distancia, el entorno deja de ser un lugar habitable en sentido pleno y se convierte en algo que simplemente se soporta”, explica el profesional.

¿El resultado? La llamada “sensación de invisibilidad social”, una percepción de que el espacio público no te reconoce como ciudadano pleno.

“Alimenta estados de indefensión aprendida —la creencia de que hacer esfuerzos no cambia nada— y puede derivar en apatía, desmotivación crónica o desafección comunitaria”, señala el experto.

Ser o estar

En 2024 se presentó el proyecto para la construcción ambiciosa de una red de ciclovías en la Región Metropolitana. La corona sería la pista de 8 km que recorrería el eje Alameda. En la ruta, los transeúntes podrían maravillarse con el Centro Cultural Gabriela Mistral.

El futuro de ambos proyectos ahora es incierto. Hoy, la discusión en torno al diseño de ciudad que necesitamos es prioritaria.

Pero no todo es desesperanzador. Proyectos como la recuperación de la costanera de Puerto Montt o el Mercado Urbano Tobalaba son muestra de cómo la recuperación del espacio público como un lugar para el encuentro es la mejor forma de devolver la ciudad a las personas.

Ante los efectos de malas desiciones urbanas, el arquitecto Luis Darmendrail indica que “más que revertir, yo creo que es posible suavizar los efectos de las problemáticas que existen. La base está, sólo hay que reorientar ciertas directrices hacia una mejor calidad de vida, entender de una manera MUY detallada cómo es la ciudad y así podemos empezar a sanar.”

El castellano es una lengua preciosa. Nos dio la maravillosa posibilidad de separar dos ideas que han demarcado el devenir de la civilización occidental: ser y estar. Es esa virtud que debemos poner en práctica, la de recordar que sí es posible abandonar el simple “estar en la ciudad”, y  llevarnos al “ser parte de la ciudad”.

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