Un día comencé a mirar la ciudad. Me detuve en un rincón que me vio pasar tantas veces, pero que en aquella ocasión (tal vez por tiempo, tal vez por ganas) me capturó. Ahí, entre Aníbal Pinto y San Martín, en pleno centro de Concepción, me sumergí por varios minutos en una pared.

De repente, rojo, verde, azul y amarillo me invitaron a escalar con la mirada los varios metros de un edificio de la década del 50’. Diminutos cuadrados, que posteriormente conocí por teselas, parecían susurrar un poema en medio de los gritos y las bocinas.
Hace 115 años, el artista Wassily Kandinsky dijo que «el color es un poder que influye directamente en el alma». Aquel día, frente a esa pared, entendí a lo que se refería.
¿Por qué lo único que parece florecer en nuestras ciudades son las torres grises y homogéneas? ¿Por qué la urbe parece negarle al alma de sus habitantes el vibrante poder del color?
La sociedad en negación
El color es parte de nuestra vida: está en el azul de nuestro horizonte, en el rubor de unas mejillas recién besadas o en la foto que le sacas a tu plato de comida. Es decoración, advertencia y hasta declaración de principios. En definitiva, es un (si no es que el primer) lenguaje de la humanidad.
Relacionarnos con el color es algo natural. Sin embargo, esa relación ha tenido un quiebre en la configuración de nuestras urbes. ¿La razón? En conversación con Revista Punto C, la diseñadora gráfica y académica de la Facultad de Arquitectura y Artes de la Universidad Austral, Elisa Cordero, explicó: “El color siempre ha estado asociado a los niños, las mujeres y pueblos originarios”, segmentos históricamente relegados y alejados del ‘ideal’ masculino, recatado y aspiracional.
De hecho, la especialista recalca que el color también tiene variaciones en cuanto a clases sociales y su uso (o no uso) también responde a ideas arcaicas de ‘elegancia’ y ‘refinamiento’: “quien aplica color son la gente con menos inhibiciones, los sectores más populares. Las clases sociales más altas son más recatadas con el uso del color”. Esa diferencia, aunque sutil, influye en cómo las clases dominantes han planteado una ciudad “sobria” como el ideal urbano.
¿Y cuál es ese poder?
Siendo el color algo tan presente en la vida de una persona, negarlo o limitarlo a tonos acromáticos (negro y blanco, con toda la gama de grises) es una idea contraproducente y tiene efectos nocivos en la calidad de vida de las personas. Y no, no le estoy poniendo color.
Uno de los estudios más citados para hablar de color en Chile es el desarrollado por la propia académica Elisa Cordero y su colega Laura Rodríguez, de la UACh. Ahí, el equipo analizó diferentes espacios de la ciudad de Valdivia y plantea que el color no es solamente un elemento estético, sino un factor que influye en qué tanto queremos nuestras calles.
Las autoras concluyeron que usar el color de forma consciente en edificios, plazas y otros lugares públicos puede fortalecer la cohesión en los espacios urbanos, mejorar la interacción entre sus habitantes y contribuir a construir ciudades más integradas. En síntesis, nos sentimos mejor habitando en donde el color sea parte del lugar.
Desde la psicología ambiental (rama que estudia la interacción entre las personas y su entorno), autores como Roger Ulrich han mostrado que las características visuales del entorno, como variar colores en fachadas o elementos públicos pueden influir en bajar niveles de estrés y aumentar los factores asociados al bienestar.

El color en nuestra identidad
En 2008 un proyecto buscó darle un giro a una de las zonas de mayor criminalidad del continente y sus resultados continúan sorprendiendo a expertos y turistas. Se trata de la intervención urbana del proyecto Favela Painting, en Brasil, donde se incorporó el color a fachadas de diferentes sectores de estos barrios de Río de Janeiro.
Los creadores del proyecto trabajaron junto a residentes y jóvenes de las comunidades, lo que hizo que las pinturas no fueran vistas como algo impuesto desde afuera, sino como una obra colectiva. ¿El resultado? Según los análisis posteriores, se fortaleció el sentido de pertenencia y la autoestima comunitaria, ya que muchos habitantes comenzaron a percibir su barrio de manera más positiva.
Y es que el color no es sólo algo bonito. Es historia, identidad y un elemento vital para algo que nuestras ciudades piden con urgencia: la recuperación de los espacios públicos.

Un estudio de 2025 publicado en la revista de investigación Arte y Ciudad, analizó el impacto del Paseo Bandera en Santiago centro (sí, el mismo que dejó de ser paseo peatonal para volver a ser vía de transporte público). La investigación concluye que el color y el arte urbano pueden transformar espacios deteriorados, fomentar que los ciudadanos hagan suyo el espacio y modificar positivamente la percepción de sectores que antes pudieran considerarse poco atractivos.
El sentido de pertenencia también se liga al valor patrimonial de los elementos que aportan color a nuestras calles. Por ejemplo, el trabajo de la diseñadora y magíster en Historia y Gestión del Patrimonio María Bernardita Brancoli muestra la relevancia de las baldosas y teselas en los barrios típicos de la capital.
En su investigación sostiene que las baldosas son parte esencial de la identidad barrial, porque permiten reconocer épocas, estilos arquitectónicos y características particulares de distintos sectores. En definitiva, estas piezas aparentemente insignificantes son las que hacen que un barrio se sienta único. Y ahí surge el conflicto.
El grillete de las paredes clonadas
La académica Elisa Cordero apunta a que, más que “no usar color”, lo que está ocurriendo es una falta de variación de ellos y sus tonos: “hay colores bastante homogéneos, todo del mismo color, sin diversificación. Y la homogeneización se vuelve fome, la ciudad tiene pocos hitos y nosotros lo que necesitamos es variación”, indica.
En esa misma línea apunta la especialista en uso del color, Sara Viloria, quien afirma que quitar la variación cromática sólo hace que nuestras ciudades se sientan ajenas, difíciles de querer: “Creo que hay una tendencia a homogeneizar, a que todo mientras más idéntico y pulcro se vea ‘está mejor’ y finalmente eso le resta identidad a los espacios. Puedes llegar a un sitio donde te sientes muy bien, está todo en orden, nada te perturbó, pero tampoco vas a recordar ese lugar”, indica a Arquitectura y Algo Más.
El estudio “Homogeneización urbana global y pérdida de emociones”, publicado en la Biblioteca Nacional de Medicina de los Estados Unidos, expuso a diversos participantes a diferentes espacios para medir sus reacciones. ¿La conclusión? Los paisajes urbanos repetitivos, con edificios neutros y sin elementos distintivos generan respuestas emocionales menos intensas, menor apego al lugar y afectan el sentido de pertenencia.

El escenario se torna poco alentador: La construcción de enormes torres sin identidad responde a una lógica simple: maximizar la cantidad de unidades vendibles. Los diseños se basan en la repetición de plantas y fachadas, por lo que una torre de Estación Central será prácticamente la misma que la de Puerto Montt o Coquimbo.
Ante esto, el arquitecto Luis Darmendrail es claro en señalar que la vida urbana debe verse forma integral y si queremos hacer que la gente se sienta parte de su ciudad, debemos poner foco en los barrios, con su identidad y colores: “las ciudades necesitan esa comprensión mancomunada desde diferentes disciplinas, la arquitectura, la sociología, la antropología y entender que hay barrios en las ciudades, que hay realidades muy fuertes en la ciudad”.
Porque hablar de calles anémicas no es ser coloriento. Tener espacios que nos hagan vibrar, querer habitar y observar puede salvarnos de la indiferencia frente a ciudades que (sin freno a la vista) crecen a costa de quitarle el color al alma de sus habitantes.


