Hace unas semanas me di cuenta de algo curioso. Miré los últimos libros que había leído y todos tenían algo en común: estaban escritos por mujeres.
No fue una decisión consciente. No me propuse leer más autoras ni hice una lista para equilibrar mis lecturas. Simplemente pasó. Un libro me llevó a otro, una recomendación se cruzó con una compra impulsiva de feria literaria, apareció una novela en una librería y después otra. Cuando me di cuenta, llevaba meses leyendo casi exclusivamente voces femeninas.
La observación me dejó pensando. No tanto sobre las autoras que estaba leyendo ni las historias que cuentan, sino sobre una expresión que aparece de vez en cuando en conversaciones literarias o en el feed de Instagram: «literatura femenina».
Siempre me ha parecido una categoría extraña. Quizás porque existe con una naturalidad que no tiene equivalente. Hablamos de literatura femenina, pero rara vez escuchamos a alguien referirse a una novela como «literatura masculina». A los hombres se les suele permitir representar la experiencia humana en general; las mujeres, en cambio, muchas veces parecen —o parecemos— representar una experiencia particular, pasajera.
Mientras leía, intenté descubrir si había algo que uniera a todas esas escritoras. Pensé que tal vez encontraría ciertos temas recurrentes, una sensibilidad común o un romanticismo compartido (¿así nos decían que era la cosa o no?). Pero cuanto más avanzaba, más difícil se volvía sostener la idea. Algunas escribían sobre la amistad, otras sobre la violencia, otras sobre la soledad, el dolor. Algunas eran más tímidas y otras más desenvueltas. Algunas querían contar todos los puntos de vista y otras me dejaban con más preguntas que respuestas.
Entonces me di cuenta de que claramente la pregunta estaba mal formulada.
Tal vez la cuestión no sea si existe una literatura femenina, sino por qué seguimos sintiendo la necesidad de agrupar bajo esa etiqueta libros tan distintos entre sí. Quizás el problema no está en la escritura, sino en la lectura, o sea, en quienes estamos del otro lado. En las categorías que usamos para ordenar lo que leemos y en las expectativas que le damos a ciertas plumas.
Porque cuando un hombre escribe sobre la vida cotidiana, suele estar escribiendo sobre la condición humana o qué cosas nos hacen humanos. En cambio, cuando una mujer escribe sobre la vida cotidiana, muchas veces parece estar escribiendo sobre las mujeres. La diferencia es sutil, pero cambia por completo la manera en que se lee un libro.
No tengo una respuesta definitiva. Tampoco estoy segura de que la necesite. Lo interesante de leer es que, a veces, una pequeña observación abre preguntas más grandes. Yo sólo noté que estaba leyendo muchas mujeres. Pero detrás de ese descubrimiento apareció otra duda: cuántas de las categorías que usamos para hablar de literatura —infantil y juvenil, novela romántica o literatura escrita por mujeres— describen realmente los libros, y cuántas describen la forma en que hemos aprendido a leerlos. O a querer leerlos. Porque debo confesar que me costó introducirme en el mundo de la novela porque a mis 19 años pensaba que las novelas escritas por mujeres sólo tenían romance y me frustra pensar en cuántas buenas historias me perdí. Sigo intentando recuperar ese tiempo perdido, pero de eso hablaré en otra columna.
Por ahora sigo leyendo sin un plan definido. Probablemente mi próximo libro también esté escrito por una mujer. O no. Lo que cambió no es mi lista de lecturas*, sino la pregunta que me acompaña mientras avanzo en esas historias.
* no tengo lista de lecturas.




