Las librerías independientes que se niegan a desaparecer

En una librería de barrio, las personas pueden entrar buscando un libro y terminar llevándose otro. Pueden llegar por una recomendación, quedarse conversando, descubrir una edición que creían perdida o participar de un club de lectura. Ese es el valor que diversas librerías aportan y que no siempre se encuentra en las plataformas de venta online. Sin embargo, estos espacios enfrentan un escenario cada vez más complejo.

Para Andrea Brito, periodista y fundadora de la librería Los Libros, eso hace que una librería sea mucho más que un lugar donde comprar ejemplares: “La librería no es solo un espacio donde tú pasas libros, no somos un supermercado. Nosotros generamos el espacio para el encuentro, incluso a veces el espacio librero es usado por gente para refugiarse”.

En Chile, distintas librerías han cerrado o enfrentan dificultades para mantenerse, debido a factores como los altos costos, los bajos márgenes y la competencia de las plataformas digitales. En 2026, por ejemplo, cerraron o anunciaron su cierre distintos locales tradicionales, entre ellos Librería Chilena, Contrapunto en Huérfanos y algunas sucursales de Librería Francesa.

Su proyecto nació durante la pandemia, cuando comenzó a vender libros online junto a su hija mayor. Con el regreso de la presencialidad llegó la posibilidad de instalarse en Barrio Italia y, posteriormente, concretar un sueño que había tenido durante años: abrir una librería en Maipú.

El catálogo responde a una selección personal. Hay literatura chilena y latinoamericana, libros ilustrados para niños y adultos, cine, arte, música y clásicos en ediciones escogidas por sus traducciones. No se trata necesariamente de seguir las listas de los más vendidos. La lógica detrás de esa selección también responde a una preocupación mayor: volver a acercar a las personas a los libros.

“Nosotros no somos librería de bestsellers. Nosotros, en realidad, elegimos ciertos libros como para hacerlos bestsellers”, explica Brito.

Recuperar al lector perdido

Brito habla de un público al que llama “el lector perdido”. No se trata de alguien que nunca haya leído, sino de personas que en algún momento se alejaron de la lectura, muchas veces después de una mala experiencia durante la etapa escolar.

“Creemos que todos son lectores. De hecho, hoy creo que las personas pasan mucho más tiempo leyendo que hace un montón de años, porque leen muchas cosas en su teléfono”, explica.

La diferencia, para ella, está en qué ocurre con quienes terminan asociando los libros a las lecturas obligatorias, las pruebas y la sensación de no entender lo que estaban leyendo. Desde ahí nace una de las principales características de Los Libros: hacer que quienes entran no sientan que tienen que saber de literatura para estar ahí.

“Nos decían: ‘A mí me da miedo entrar a las librerías porque me siento juzgado porque no sé mucho de libros’. Y la verdad es que nosotros tenemos un enfoque con el que, lo que hacemos, es justamente tratar que las personas le pierdan el miedo al libro y también se encanten o se reencanten, sobre todo aquellos que por motivos varios: escolares o académicos, se consideran no lectores”, cuenta.

Pero la comunidad no se construye únicamente a través de las ventas. Las presentaciones, conversatorios, cuentacuentos y clubes de lectura forman parte de las actividades de la librería. En estos últimos, por ejemplo, la dinámica comienza con la elección de un libro y una primera sesión en la que se entrega el ejemplar y se conversa sobre su autor y contexto. Después viene la lectura y un segundo encuentro, donde los propios participantes comparten pasajes y comentarios.

“Nosotros tratamos más que nada de elegir el libro y presentárselos. Y de ahí sale lo que tenga que salir”, explica Brito. El resultado ha sido una comunidad que reúne a personas de distintas edades. La también periodista cuenta que una de sus sorpresas fue descubrir el interés de jóvenes del barrio por la literatura japonesa y la poesía, además de vecinos mayores que se acercan regularmente a conversar.

“Las personas ya se han ido encontrando, también se conocen y conversan y de repente se invitan a actividades. Eso ha sido súper encantador de la experiencia”, relata.

Encontrar lo que no se estaba buscando

La experiencia de Casa Zar parte desde un lugar diferente. Carlos Barría, su dueño, profesor de Historia y Geografía, comenzó vendiendo libros y antigüedades online hace cerca de dos décadas. Antes de abrir el local físico, llegó a manejar más de veinte mil productos a través de plataformas digitales.

Hoy la librería funciona en una casa de dos pisos y trece salas, organizadas por áreas como historia, política, filosofía, arte, literatura, deporte y religión. Su catálogo tampoco busca competir por la novedad. Su especialidad está en aquello que muchas veces ya no se encuentra en el comercio habitual.

“Nosotros vamos a otro público. Buscalibre, por ejemplo, más que nada son libros que están saliendo en el momento, los bestseller o el libro de moda. Nosotros abarcamos hacia atrás nuestra especialidad”, explica Barría.

En Casa Zar hay revistas antiguas, libros descatalogados, publicaciones sobre episodios históricos específicos y objetos coleccionables. Parte del catálogo llega a través de personas que venden bibliotecas familiares, en mudanzas, ferias y remates.

También existe una dimensión afectiva: “Te encuentras con harta gente que tuvo un libro y lo ve de nuevo, y dice: ‘Oh, este libro yo lo leí’, y lo compra para leerlo de nuevo o para recomendárselo a sus hijos”, cuenta.

Otros clientes llegan porque nunca pudieron comprar aquello que querían cuando eran jóvenes: “Hay quienes que no pudieron comprarlo cuando eran niños, no tuvieron el acceso a la revista Mampato, por ejemplo, y ahora la compran, o el Condorito, sin ir más lejos”, relata.

En ese sentido, la librería también funciona como un espacio de recuperación de objetos que podrían haber desaparecido del circuito comercial. Pero el catálogo no es lo único que hace que una persona llegue hasta la librería. El propio acto de recorrerla puede convertirse en una forma de búsqueda. “Muchas personas no saben por qué vienen, pero se van contentos porque encontraron lo que buscaban”, cuenta.

En Casa Zar, esa exploración se extiende también a las actividades. La librería realiza talleres, charlas, lanzamientos de libros y encuentros abiertos al barrio. Uno de los talleres que ha tenido mayor convocatoria es el de collage, realizado los sábados. Los participantes trabajan con revistas y otros materiales disponibles en la propia librería y posteriormente se realizan exposiciones con sus trabajos.

También se han abierto las puertas para quienes quieren presentar un libro, conversar o mostrar su trabajo: “No somos un espacio amplio, no cabe más de 20 personas, pero se forman espacios más íntimos”, relata el librero.

La librería como espacio de encuentro

La idea de que una librería puede activar culturalmente un barrio también está presente en Los Libros. Para Brito, la ubicación importa tanto como el catálogo. Su decisión de instalarse en Maipú responde precisamente al deseo de llevar este tipo de espacios fuera de los sectores donde tradicionalmente se concentra la oferta cultural.

La relevancia de la iniciativa también está relacionada con la escasez de librerías independientes en la comuna. En febrero de 2026, un reportaje de La Voz de Maipú presentó a Los Libros como la primera librería independiente de Maipú, destacando precisamente su intención de acercar la lectura y la cultura a los vecinos de la comuna.

“Yo siempre tuve como sueño abrir una librería acá porque era justamente nuestro barrio”, explica. Desde su perspectiva, los barrios periféricos tienen menos acceso a iniciativas culturales y muchas veces faltan personas dispuestas a asumir el riesgo de abrir espacios que no cuentan con un público asegurado.

“Es importante abrir espacio librero, la gente lo agradece y lo reconoce. Si tú no le das a las personas la opción, van a tener que seguir yendo al centro”, sostiene.

En la librería también han visto cómo los encuentros terminan generando nuevas relaciones. Escritores, profesores, vecinos y lectores se conocen durante las actividades y posteriormente vuelven a encontrarse. Para Brito, esa dimensión es parte del valor que puede aportar una librería de barrio: “Cada librería de barrio tiene un sello”, afirma.

Cuando una de ellas cierra, para ella, no desaparece solamente un punto de venta: también se pierde una determinada selección de libros, una comunidad y un lugar de encuentro. “Se pierden espacios de encuentro, de debate de ideas, de generación de conocimiento”, asegura.

Elegir dónde comprar

Las librerías independientes buscan diferenciarse a través de la selección, la recomendación o de catálogos especializados. Ambas experiencias coinciden en que su permanencia depende también de las decisiones de quienes compran: “Yo quisiera que las personas supieran lo que es el trabajo de una librería independiente”, dice Brito.

Una librería puede ser una tienda, pero también un refugio, una sala de clases improvisada, un lugar donde alguien vuelve a encontrar un libro de su infancia o el primer espacio donde un niño conoce a un escritor.

El libro puede seguir vendiéndose por internet. La pregunta es qué ocurre con todo aquello que sucede alrededor de él cuando una librería desaparece.

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