Más allá de la página plana: desplegables, cartoneras y fotolibros que reinventan el objeto libro

En la Biblioteca Central Richard J. Riordan se exhibe el libro desplegable más grande del mundo, con 9,4 metros de largo y 6,1 de ancho. Esta obra monumental llamada Luceros y Penumbras, se suma a las tantas posibilidades del objeto libro, que con el paso de los años, ha encontrado nuevas formas de existir.

En Chile, los libros también se transforman para sorprender a los lectores. Tras un recorrido por la última Lluvia de Libros en el Centro Cultural Gabriela Mistral, Revista Punto C encontró solo una apuesta disruptiva en cuanto a la materialidad del libro: Calcetines Animados. 

Tamara Reyes tiene más de 15 años de experiencia en la edición de libros infantiles. Desde su proyecto editorial comenzó experimentando con el libro álbum, donde la imagen ilustrada dialoga con el texto, tendencia extendida por la literatura infantil nacional. No obstante, la escritora buscaba más. 

“Me faltaba explorar la parte que era física, de la materialidad del libro. Así surgen en mi catálogo la colección experimental, que tiene dos líneas, una que es como informativa, que despliega el mundo animal, y otra que es de poesía y experimentación”, explica en conversación con Revista Punto C.

El libro-objeto La Hebra o Despliega el mundo Serpiente son apuestas en que la estructura dialoga con el texto. En su catálogo, también destacan el Teatro de madera o Butai, para narración oral de Kamishibai, ideales para contar historias en voz alta a un público; o los libros de tela para bebés. 

La experimentación con el libro tiene historia en otras latitudes. El artista y diseñador italiano Bruno Munari o el japonés Katsumi Komogata desarrollaron propuestas innovadoras en cuanto a forma y contenido. Títulos como El armario chino de Javier Sáez Castán o el trabajo de la editorial Tralarí destacan en España.

“Tuve la oportunidad de visitar una en la Feria del Libro de Seúl. Ellos tenían un stand, y era una librería justamente que había partido con poesía y fue cambiando, explorando, abriéndose hacia el lado de los libros experimentales. De hecho, llevaban una hermosa selección a la Feria, de libros de artista, libros experimentales, libros objeto. Era hermoso porque había uno que parecía una torta, había otro que se desplegaba de varias maneras, había varios libros carrusel”, indica Reyes sobre Platform.

El recibimiento del público es variado. “En general, los lectores que se han visto expuestos a nuevos formatos de literatura, a nuevos formatos de entender el objeto libro, lo encuentran atractivo e interesante. Hay otros que les parece un ‘chiche’ o un juguete, y están los más reacios que dicen esto no es un libro, es una cosa”, reflexiona. 

Una de las inspiraciones de Tamara Reyes para acercarse a este mundo fueron las editoriales cartoneras. “Surgen respondiendo a estas nuevas búsquedas de estéticas y un poco mirando lo que hacen las colegas cartoneras experimentales, que ya en Chile exploraban los nuevos formatos y vienen de una herencia muy lejana de la Bauhaus y de la experimentación que se hacía en otros países”, señala.

Rediseñar la literatura desde el reciclaje

Olga Sotomayor, más conocida como Olga Cartonera en la industria, se conecta a la llamada con Revista Punto C desde Ñuñoa y pregunta: “¿Cómo llegaste a mí?” Por alguna razón, se ha convertido en una vocera fortuita de la comunidad cartonera en Chile y le da curiosidad saber quién la recomendó.

Un libro cartonero “es un objeto que junta arte, literatura y reciclaje”, explica Olga para quienes desconocen el término. Pero hace el alcance: “Hay tantas definiciones de libro cartonero como editoriales cartoneras”.

El movimiento en Chile nace mirando el trabajo de la argentina Eloísa Cartonera hace 25 años. Hoy, diversas editoriales confeccionan libros únicos, como piezas de arte. La escena se extiende por toda América Latina, Estados Unidos, Europa e incluso África y Asia.

“Soy bibliotecaria, entonces el libro ha estado en toda mi vida, desde que tengo uso de razón; buena lectora, aunque lectora tardía. Estudié bibliotecología, coleccioné marcadores de libros, tengo onda con el papel, escribo, o escribía. En el medio aparecen los libros cartoneros en mi vida y realmente dije, ya, voy a crear yo una cartonera, porque me gustaba encuadernar, porque escribía. Entonces junté los dos conocimientos, la escritura con la encuadernación y creé la cartonera que lleva 14 años”, recuerda.

Si bien ahora trabaja sola, en su momento emprendió con jornadas cartoneras. “Una actividad donde la gente iba a aprender a mi casa, como un workshop”, explica. Tras la pandemia, esas sesiones disminuyeron, pero definieron parte de la comunidad: el trabajo en equipo. 

Sus libros los caracteriza como únicos, irrepetibles, hechos a mano, con material reciclado y mucho cariño. Sin embargo, Olga Cartonera se define más por su trabajo de difusión que por sus textos e imágenes, explica. “Creo que el conocimiento estancado no sirve”, sentencia.

“Visibilizar y sacar el estigma de los libros cartoneros es lo que nos falta”, agrega.

Este año se ha enfocado en difundir el movimiento cartonero en charlas, clases y entrevistas. Usualmente la llaman de carreras de diseño y publicidad para exponer sobre este mundo, y encuentra total desconocimiento. “No conocen los libros cartoneros, es un mundo nuevo, no cachan nada”.

De la escena, destaca el trabajo de editorial Cayó la teja, que trabaja el formato cómic y fanzine en libros cartoneros. 

El fotolibro y la urgencia de tocar las imágenes

El Festival Stgo Foto hará su quinta edición del 30 de julio al 2 de agosto. Su perdurabilidad demuestra el sólido interés por un formato de texto diferente: el fotolibro. Javier Godoy, director de la instancia, lo define como aquel libro cuyo relato es a través de imágenes fotográficas, ya sea desde una perspectiva estética, emocional o evocativa.

Gracias a la feria, se puede atender uno de los desafíos que conlleva el fotolibro: la mediación. “En los últimos años se ha ido agrandando la cantidad de gente que hacemos fotolibros. Entonces, ha sido toda una tarea instalar el formato y a su vez también mediar para que éste se entienda y se conozca. A veces suelen ser muy crípticos, pero si tú interactúas con la persona que lo hace, que lo editó o que lo publicó, ahí hay un acercamiento mucho más amable. Y por eso hacemos la feria también”, explica Godoy.

“A través de la feria hemos ido ampliando este público que sin duda era súper de nicho. Pero las temáticas son tan amplias que cualquiera se puede acercar. Tienen propuestas políticas, históricas, de archivos, cosas más biográficas… O relatos más callejeros, más sociales… Es muy amplia la temática y la forma de hacerlo y la forma de abordarlo. Por eso insisto que la feria ha sido un puente súper importante para cruzar a nuevas audiencias que no tienen nada que ver con esto”, reflexiona sobre la feria como instancia de mediación.

La feria cobra mayor importancia al preguntar dónde se pueden comprar fotolibros. Los lugares son pocos, precisa Godoy. Eso lo llevó a crear Flach, una librería dedicada a este formato, que en este momento vive un proceso de reestructuración. “En Metales Pesados puedes encontrar algunas publicaciones, en la Inquieta Librería, pero no mucho más allá de eso”, explica.

Dentro de este formato igual hay experimentación, ya sea en la encuadernación o en su origen, como el taller del libro fotoquímico realizado por Catalina de la Cruz. Godoy nombra a Paz Errázuriz y a Sergio Larraín entre los destacados del género y resalta el trabajo de la editorial Buen lugar, de los hermanos Olivares y la editorial La Visita.

Tener estos libros en físico es, para él, vital. “El objeto es súper importante. Por eso la materialidad es fundamental y no puede competir un libro digital”, señala.

Los desafíos de los libros no tradicionales

Si ya hacer libros de texto se vuelve cuesta arriba en Chile, el mercado de los libros objeto y fotolibros se empina un poco más. Las tres voces de este artículo coinciden en que la difusión, distribución y la mediación son desafíos permanentes.

“Creo que uno de los mayores desafíos del libro objeto son justamente los canales de distribución, porque por ejemplo, en las librerías no hay un espacio adecuado para ellos. Generalmente, las librerías que se arriesgan a tenerlos los ponen cerca de la caja, cosa de que las personas, cuando ya van a pagar, exploren este objeto que es como raro, que les llama la atención y les parece curioso. Los ponen junto con los libros de regalos, así como, te quiero papá, ese tipo de cosas así, como libros pequeñitos. Son muy pocas las librerías, yo creo que a nivel mundial, que tienen un espacio para el libro objeto”, expone Tamara Reyes.

El desafío es visibilizar, añade Olga Sotomayor. “Que la gente se enamore y que los vea como libros, porque la gente los ve como manualidades”, dice.

El mayor costo económico también es un desafío. “Sí, son más caros de hacer de todas maneras—explica Javier Godoy—, imprimir bien una foto requiere de una experticia técnica que no es tan fácil de encontrar y sobre todo cuando tienen muchos detalles también, tienen harta manufactura delicada que los hace más costosos”.

“Dado que el libro objeto es un libro que se confecciona a mano, generalmente las tiradas son más pequeñas y el costo de fabricarlos es más elevado. Generalmente tiene una materialidad, si está bien pensado, que responde a su necesidad estética. Entonces, va a ser un libro que quizás tenga varios tipos de papel que comulgan, o va a tener un papel especial más caro, de más gramaje, que lo hace justamente un objeto un poco de arte”, agrega Reyes.

Sotomayor es enfática: “Ningún editor cartonero vive de ser editor cartonero. Todos tenemos otros trabajos, otras cosas. La editorial cartonera no me sostiene”.

Aún así, la resistencia es firme. “Soy una partidaria de que los libros objeto y los libros experimentales deberían moverse más, masificarse más, justamente porque nos vuelven a lo humano, a lo artesanal, a lo análogo, y a ese instante de encontrarte con un libro”, concluye Reyes.

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