“El drama”, la nueva entrega del director y guionista noruego Kristoffer Borgli, que estuvo un tiempo en salas y ya se puede ver en Amazon Prime, parece asomarse como otra comedia romántica más, una más entre tantas que ha habido y habrá. Está protagonizada por Robert Pattinson y Zendaya, lo que puede reforzar esa treta, ese intencionado prejuicio inicial. Pero la película da un giro inaudito y devendrá en lo opuesto, en una sátira de eso mismo y de otros aspectos de la cultura estadounidense, donde todo lo que es posible poner en ridículo es puesto en ridículo. Él es Charlie, un británico curador de un museo. Ella es Emma, una editora literaria, quienes se conocen en una moderna cafetería.
Él la ha estado observando desde lejos y, cuando ella momentáneamente se levanta del asiento, veloz y sigilosamente le saca una foto a la novela que está leyendo para así, tras buscar alguna pista en la red, acercarse y hacer algún sesudo comentario pretendiendo que también la leyó y así conseguir una cita, objetivo que logra. Al poco andar él le confiesa el embauco, pero ella no le da importancia, como si en una situación así uno no se preguntara cuántas otras veces habrá empleado ese penoso truco, y cuán amplio será su abanico de engaños. Como si con eso cualquier atisbo de romance, magia y confianza no se fuera por el desaguadero o, al menos, se viera fuertemente cuestionado.
Lo anterior se muestra a través de flashbacks. Ya están a días de sellar su compromiso en su fiesta de matrimonio en Boston. Los dos desbordan de alegría y felicidad afinando los últimos preparativos habituales: el baile, la música, los platos principales, los discursos. Junto a otra pareja interracial, el afable Mike (Mamoudou Athie) y la mordaz Rachel (Alana Haim), el “padrino de boda” y la “dama de honor”, están probando los vinos que ofrecerán, en un lugar que dispuso la banquetera. La presencia de ambas parejas no es casual: Borgli dibuja un pequeño universo de clase acomodada, cosmopolita y progresista, en el que la diversidad forma parte de una determinada idea de sofisticación y estatus liberal.
Piden una botella tras otra y, aunque el personal se las lleva con cierto desgano, el festín prosigue y vamos llenando las copas de vino rosado, que la degustación se transforma en taberna de barra libre. Y en uno de esos momentos cuando el alcohol se inmiscuye en el pensamiento, alguien propone jugar uno de esos juegos de adolescentes siempre potencialmente tan perniciosos: que cada cual diga qué es lo más malo que ha hecho en su vida.

Mike confiesa un episodio que lo emascula un tanto. Luego viene Rachel y Charlie, con acciones bastante crueles, reprensibles y censurables, de esas que, de ser ventiladas por las redes sociales, los enviarían directo a la hoguera, pero pronto y entre risas todos minimizan o intentan justificar lo que hicieron.
Entonces llega el turno de Emma y ahí se incendia la pradera: confiesa que cuando era una quinceañera, cuando no era bonita como sí lo es ahora y nadie la tomaba en cuenta, preparó un detallado plan para hacer algo aún más oscuro, horrible y macabro. Y que estuvo a un tris de ejecutar ese plan, pero que circunstancialmente desiste y finalmente opta por unirse a un grupo de activistas que representan el otro extremo de lo que pretendía hacer, donde encuentra sentido y propósito. Es decir, en el fondo, técnicamente no hace nada, pero es tan terrible y minucioso lo que pensó, que Charlie empieza a especular si acaso no se estará casando con una psicópata y Rachel se muestra muy ofendida y quiere cortar todo vínculo con Emma, así que Mike sugiere cancelar el evento. En ese sentido, la premisa central de esta comedia negra y absurda roza el límite de la verosimilitud, y a algunos puede que no los convenza demasiado por lo particular de este muy improbable escenario.
Tras la revelación de Emma, aquella imagen de tolerancia y apertura comienza a resquebrajarse. ¿Hasta dónde llega realmente esa tolerancia cuando el otro deja de ser agradable, reconocible o moralmente tranquilizador? Los personajes comparten unos códigos de valores bastante claros… siempre y cuando todos se mantengan dentro de sus límites, pues si no, la camaradería se puede transformar en sospecha, juicio y exclusión, que es justo lo que no se debería hacer según tanto pregona esa élite.
En ese ambiente crispado, esta provocadora película, empapada de la hipocresía moral en que vivimos, siempre rápida para juzgar, se mete con algunos temas propios de esta época, como la cultura de la cancelación, la necesidad de pertenecer, la construcción performativa de la identidad y esa permanente ansiedad contemporánea por proyectar una imagen moralmente aceptable.
El problema es que Borgli lanza estos y otros temas simplemente a la juguera. Plantea dilemas densos y sensibles, pero no se detiene lo suficiente en ninguno como para explorarlo de verdad. Abre una pregunta tras otra, sin llegar a profundizar o tomar una posición, sólo para pasar a la siguiente, sin alcanzar a hacer una reflexión que transmita o genere algo significativo.
Charlie va perdiendo la cabeza reevaluando y reinterpretando su relación en medio de la paranoia, recordando sucesos que, tras esta revelación a los veintitantos minutos de largometraje, adquieren otro tenor. Sin embargo, la alta tensión inicial pronto se diluye y uno ya no sabe muy bien cómo reaccionar, pues, aunque la música es muy adecuada, el tono del filme casi nunca lo es. En contraste, mucho más lograda, recomendable y divertida es su obra Sick of Myself (2022), que sí da en el clavo precisamente porque encuentra un tema central hasta exprimirlo: el narcicismo y la necesidad patológica de ser visto y validado por los otros, en particular a través de la victimización.
El final tampoco resulta muy satisfactorio: la relación entre Charlie y Emma no tiene nada especial más allá de que se llevan muy bien en la cama (¿qué es lo que los ha hecho enamorarse el uno del otro?), pero no es más que un romance vacío que pierde rápidamente el interés. Pese a todo, vale la pena verla, quizás no tanto por el filme en sí mismo, sino por las conversaciones que puedan surgir después.




