Columna de libros: Guía para abrazar la ignorancia

Columna de opinión
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“Mientras más aprendía, más olvidaba”. (Ediciones Universidad Finis Terrae, 2011) 

Esta cita aparece en Para qué leer, de Marco Antonio de la Parra. Desde que la leí vuelve a mí con frecuencia. No porque hable de una mala memoria, sino porque describe algo que he sentido cada vez con más fuerza a medida que pasan los años: mientras más cosas conozco, más evidente se vuelve todo lo que ignoro.

Y me pasa seguido en distintas situaciones: escucho a una escritora hablar sobre sus influencias y termino anotando nombres de autores y autoras de los que jamás había oído. Veo una entrevista a un investigador apasionado por un tema que desconocía por completo, converso con alguien capaz de hablar durante una hora sobre tiburones, literatura, o música y me quedo pensando en la cantidad descomunal de conocimiento que puede caber en una sola persona.

Entonces aparece una pregunta más o menos incómoda: ¿Qué hacemos con todo lo que existe y con la certeza de que nunca alcanzaremos a conocer ni un ápice de ello?

Durante mucho tiempo creí que hacerse adulta consistía, en parte, en acortar esa distancia: leer más. Aprender más. Ponerse al día. Como si en algún lugar existiera una versión ideal de una misma que finalmente supiera lo suficiente.

Con los años empecé a darme cuenta que no funciona así. Termino un libro y descubro otros diez (y ni pensar en los libros que hablan sobre otros libros, ¡un delirio!). Finalmente, la sensación de no saber nunca desaparece, sólo se transforma.

Quizás por eso dejé de pensar en los libros como herramientas para acumular conocimiento. O, al menos, no solamente como eso. Hoy más bien los veo como un refugio.

Las redes sociales tienen la extraña capacidad de recordarnos, a cada minuto, todo lo que nos falta por hacer, leer, escuchar o entender. Un libro hace exactamente lo contrario: nos pide quedarnos y hacer una sola cosa a la vez. Aceptar el ritmo de una mirada ajena durante algunas horas del día.

Y ahí apareció un descubrimiento que me costó años aceptar: no necesito recordarlo todo.

La mayoría de los libros que he leído, los títulos de mis canciones favoritas o el nombre de obras de teatro que me han marcado se han vuelto borrosos en mi memoria. Podría reconstruir algunos argumentos, recordar personajes o acordarme vagamente de una trama. Pero un poco nomás.

Confieso, eso sí, que eso antes me frustraba. Sentía que había leído mal. Intentaba entender qué estaba haciendo incorrectamente para olvidar tantas cosas.

Menos mal que ya no lo veo así, aunque para llegar a esa conclusión tuvieron que pasar treinta años.

Porque, en el fondo, no recuerdo con precisión la mayoría de los libros que me marcaron, pero sí lo que me hicieron sentir.

Recuerdo la compañía de ciertas páginas en momentos complejos. Recuerdo perfectamente lo que sentí cuando leí Estepicursor, de Marcelo Vera (La Pollera Ediciones, 2022). Durante esos días estaba convencida de que yo era la protagonista de esa historia. No tengo pruebas, pero tampoco dudas.

Tal vez la lectura se parece más a la vida de lo que creemos. Tampoco recordamos cada conversación, cada viaje, cada salida o cada persona que nos acompañó en algún momento. Sin embargo, las experiencias permanecen. Se quedan con nosotros y, poco a poco, terminan moldeando nuestra forma de mirar el mundo.

Pienso en esto cada vez que me siento intimidada por personas que saben mucho. Siempre habrá alguien que haya leído más, estudiado más o viajado más. Siempre existirá un territorio inmenso que jamás conoceré.

Por eso sigo leyendo. No para derrotar mi absurda ignorancia ni para convertirme en una referente en algo. Leo porque los libros me ofrecen un lugar donde descansar de la exigencia de saberlo todo. Porque en medio de un mundo que parece pedir una actualización permanente, todavía hay algo profundamente humano en sentarse a escuchar una sola voz.

Y porque hay cierta tranquilidad en aceptar que nunca llegaremos al final de la biblioteca.

La buena noticia es que nunca fue necesario hacerlo.

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