Nicole Alvarado tiene 29 años y todavía no vive del audiovisual. Mientras completa la etapa final de su formación en Comunicación Audiovisual, trabaja como asistente de sala en un teatro de Concepción, donde recibe y orienta al público. El empleo la mantiene cerca de la cultura, pero no le entrega la estabilidad necesaria para financiar equipos, programas de edición ni el trabajo de otras personas.
El audiovisual tampoco ocupa un lugar fijo en su economía. Participa en proyectos para mantener viva “la chispa”, mientras está, dice, “enfocada en generar plata para vivir”. Sus ingresos provienen principalmente del teatro y de trabajos independientes realizados de manera esporádica.
Sebastián Acuña sostiene un equilibrio parecido desde una cocina. Tiene 26 años, acaba de egresar de Comunicación Audiovisual en Santo Tomás y trabaja como cocinero mientras dirige videoclips. Con su sueldo financia cámaras, luces, traslados y nuevas producciones que, por ahora, funcionan más como una inversión profesional que como una fuente estable de ingresos.
Nicole registra rostros, objetos y conflictos de una época mediante la fotografía y la dirección de arte. Sebastián construye una memoria visual de la escena musical local. Ambos producen imágenes destinadas a permanecer, pero todavía no consiguen sostenerse económicamente dentro del oficio que las hace posibles.

Los costos de empezar
Sebastián ha realizado cerca de diez videoclips junto a distintos artistas. La mitad fueron colaboraciones y la otra mitad, trabajos remunerados. En una producción reciente, él y otro integrante del equipo cobraron $300.000 en total por una jornada, antes de descontar combustible y traslados.
Hasta ahora ha invertido aproximadamente $1.250.000 en cámaras y equipos de iluminación. La producción de su proyecto de título también fue costeada con los ingresos que obtiene como cocinero.
“Si no hubiera trabajado como cocinero, no hubiera podido realizar la producción de mi proyecto de título”, explica.
La gastronomía no es una experiencia completamente ajena para él. También se formó como cocinero y cuenta con años de experiencia en ese rubro. La contradicción aparece al comparar el valor económico de ambas trayectorias: por ahora, sus años en la cocina tienen mayor reconocimiento en el mercado que su formación como director.
“A mí me encantaría decir: ‘Voy a dejar de ser cocinero y voy a seguir solamente siendo director’, pero actualmente cobro más por mis años de experiencia como cocinero que por el valor que tengo como director”, señala.
Nicole tampoco puede considerar sus proyectos audiovisuales una fuente mensual de ingresos. Algunos se levantan con aportes del equipo, intercambios o trabajos fotográficos. En otras ocasiones acepta participar sin remuneración para seguir creando, ampliar sus redes y mantener activo su portafolio.
La contradicción le incomoda.
“Nos dicen: ‘No regales tu trabajo’. Pero también es necesario que la gente entienda que esto es una pega, no un pasatiempo”, afirma.
En su experiencia conviven dos exigencias difíciles de reconciliar: cobrar para dignificar el oficio y colaborar gratuitamente para no desaparecer de una industria a la que todavía intenta ingresar. Parte de sus proyectos se realiza “por amor al arte”, aunque ni el trabajo, ni los equipos, ni el tiempo necesario para producirlos carezcan de valor.

Eduardo Fortes Valencia, de 49 años, conoce el mismo problema desde otra etapa de la trayectoria. Fotógrafo documental, reportero gráfico y funcionario público, cuenta con 26 años de experiencia profesional. Estudió fotografía en el Instituto Profesional Arcos y posteriormente cursó diplomados en gestión cultural y edición multimedia.
Quiso estudiar Teatro y, al no ingresar, eligió fotografía. Desde entonces, esa ha sido su identidad profesional. Pasó por distintos medios de comunicación antes de llegar al registro gráfico institucional. Durante periodos de baja actividad trabajó como cartero y conductor de radiotaxi. Esos empleos funcionaron como respaldo económico, pero no significaron un abandono de la fotografía.
“Siempre termino volviendo a la fotografía porque, a estas alturas, no me imagino sin mi cámara. Cuando debo salir sin ella, extraño su peso”, afirma.
Después de 26 años, la estabilidad significa para Eduardo tener continuidad laboral, acceso a salud y la posibilidad de adquirir equipos sin endeudarse. También supone adaptarse a pautas, requerimientos institucionales y necesidades de clientes que delimitan parte de sus decisiones creativas.
Elegir una vida y pagarla
Antes del audiovisual, Nicole ya había seguido una ruta considerada segura. Se tituló como técnico en enfermería, ejerció durante algunos meses y comprendió que no se veía desarrollándose en esa área. Había invertido tiempo y dinero en una decisión que parecía correcta. Dejarla significó enfrentar una crisis vocacional y el temor de equivocarse por segunda vez.
La fotografía apareció primero como un refugio. Nicole tomó talleres de fotografía digital, análoga y revelado, comenzó a comprar cámaras y, durante la revuelta social de 2019, entendió la imagen como una forma de registrar aquello que no siempre reconocía en la televisión.
“Ahí me di cuenta de que la fotografía o los registros audiovisuales eran súper importantes para mostrar la realidad de ese momento y no creer solamente lo que salía en la tele”, recuerda.
Más tarde encontró en la dirección de arte otra manera de construir relatos: mediante colores, objetos y atmósferas capaces de comunicar incluso sin palabras.
“Me gustaría caleta poder vivir del arte”, dice.
La frase condensa una aspiración, pero también una incertidumbre. Para Nicole, escoger el audiovisual significó abandonar una profesión con una ruta laboral más reconocible para entrar en un campo donde la formación no garantiza continuidad, estabilidad ni ingresos suficientes.
Mauricio Acuña Pineda, de 50 años, aprendió que el costo del oficio también podía medirse en tiempo. Durante cerca de 25 años se ha desempeñado como eléctrico audiovisual, encargado de la mantención de equipos dentro del set y de los sistemas técnicos vinculados a la iluminación.
Ingresó al rubro a partir de sus conocimientos de electrónica. Primero trabajó en empresas de arriendo y mantención de equipos audiovisuales en Santiago. Después comenzó a participar en productoras y proyectos independientes, hasta desarrollar una trayectoria vinculada principalmente a la publicidad, un área que considera más rentable que la televisión, las series o el cine.
Los viajes y las jornadas extendidas acompañaron gran parte de su vida laboral. Su esposa debió acostumbrarse a las ausencias y, cuando sus hijos eran pequeños, uno de ellos comenzó a pedir verlo con mayor frecuencia.
“Yo también me perdí muchas cosas de ellos por estar afuera viajando”, reconoce.
Durante un tiempo pensó en abandonar el rubro. Sin embargo, después de años de experiencia, también era difícil encontrar otra actividad que reemplazara los ingresos que obtenía dentro de él.
La pandemia rompió ese equilibrio. Como trabajador independiente contratado por proyecto, Mauricio podía atravesar periodos de ingresos altos y, al mismo tiempo, quedar durante meses sin llamados ni protección laboral. Después de la paralización del sector, pensó en reinventarse y dejó Santiago para instalarse en Los Ángeles.
Su familia, que durante años se había organizado alrededor de viajes y jornadas impredecibles, también debió adaptarse a la incertidumbre de la profesión. Para Mauricio, la comunicación con su esposa fue una condición fundamental para sostener su trayectoria.
“Es más difícil estando con familia, pero ahí tiene que existir comunicación. Es parte del equipo”, explica.
El cuerpo de Eduardo lleva una contabilidad parecida. Cargar equipos, permanecer de pie durante varias horas y trabajar en movimiento se ha acumulado en su espalda y articulaciones. Aunque la fotografía forma parte de su identidad, calcula que dentro de aproximadamente una década podría retirarse.
Su empleo actual le permite acceder a atención de salud y tratar parte de ese desgaste. Sin embargo, reconoce que las exigencias físicas del oficio se transforman con el paso de los años y que deberá proyectar una vida laboral más pausada.
En los primeros años de una carrera audiovisual, el costo suele aparecer como inversión, gratuidad e inestabilidad. Con el tiempo, puede adquirir otras formas: ausencias, agotamiento físico y la dificultad de imaginarse fuera de un oficio que se ha convertido en identidad.

Entrar antes de pertenecer
Mauricio no planificó una carrera audiovisual. Sabía de electrónica cuando un conocido lo invitó a reparar equipos en una empresa de arriendo.
“Yo llegué por cosas de la vida”, cuenta.
Nunca había estado en un set. No conocía las banderas utilizadas para controlar la luz, los filtros ni los distintos tipos de focos. Empezó observando. La capacidad de reparar un farol o anticiparse a una falla técnica se transformó en su vía de entrada.
Sebastián también conoció un rodaje antes de estudiar audiovisual. Cuando era niño acompañó a su padre a una grabación independiente realizada para presentar la idea de una película. Recuerda dibujos precarios que después se transformaron en imágenes que parecían cine.
“Veía unos dibujos súper mal hechos, pero después los vi traducidos a imagen y dije: ‘Ah, así lo hacen’. Eso me atrapó”, recuerda.
Años más tarde ingresó a estudiar sin saber encender una cámara. Pasó por sonido y dirección de arte antes de reconocer que las historias que escribía lo empujaban hacia la dirección.
Hoy llega al mercado laboral con un título, un portafolio y conocimientos de dirección, edición y corrección de color. Sin embargo, se encuentra con avisos que exigen experiencia previa y con equipos consolidados que trabajan bajo plazos que dejan poco espacio para enseñar.
Su insistencia no es ingenua. Sabe que podría continuar trabajando en cocina y hacer cine por necesidad personal, incluso si nunca llega a convertirlo en su fuente principal de ingresos.
Aun así, lo sostiene “el hambre de poder hacer una película y que diga: director Sebastián Acuña”.
En las cuatro entrevistas aparece una vía de acceso recurrente: las redes personales y las recomendaciones. Nicole obtuvo una de sus primeras oportunidades gracias a una recomendación. Mauricio ingresó porque alguien conocía sus capacidades técnicas. Eduardo atribuye parte de su continuidad a las relaciones profesionales construidas durante décadas. Sebastián ofrece directamente sus ideas a artistas porque las convocatorias abiertas rara vez llegan hasta él.
Los testimonios no permiten afirmar la existencia de nepotismo como una regla general. Sí muestran que buena parte de las oportunidades circula mediante relaciones previas y que, para quienes todavía no forman parte de esos círculos, el título y el portafolio no siempre bastan.
Sebastián describe a la comunidad audiovisual local como un espacio compuesto por grupos que ya trabajan entre sí. Para él ha sido más fácil colaborar con compañeros y profesionales de su generación que ingresar a equipos con trayectorias consolidadas.
“Son grupos igual cerrados. Para mí ha sido más fácil encontrar el nicho con mis compañeros o con colegas de otras universidades que trabajar con los más viejos, porque al final están en su mundo”, sostiene.
Mauricio reconoce que los contactos y las recomendaciones pueden abrir una puerta, pero advierte que no aseguran la permanencia.
“Pueden ayudarte a entrar, pero si haces mal la pega no te van a volver a llamar”, resume.
La puerta tampoco se cruza de la misma manera para todas las personas. Mientras Sebastián señala que no ha encontrado obstáculos asociados a su género para integrarse a equipos técnicos, Nicole relata situaciones en las que la autoridad correspondiente a su cargo fue desconocida.
En un proyecto universitario fue designada directora de fotografía. Un compañero cuestionó sus decisiones y terminó quitándole la cámara.
“Ese era mi rol”, recuerda.
Más tarde, al asumir funciones de liderazgo en equipos compuestos principalmente por hombres, volvió a sentir que debía insistir para ser escuchada. En su experiencia, la dificultad no consiste únicamente en acceder al proyecto, sino también en conseguir que su función sea reconocida una vez dentro.
Nicole observa que los hombres continúan predominando en áreas técnicas y cargos de liderazgo, mientras las mujeres aparecen con mayor frecuencia en dirección de arte, asistencia o labores asociadas históricamente al cuidado y la organización. También identifica un doble estándar frente a los errores: mientras los hombres tienden a respaldarse entre sí, las mujeres suelen ser juzgadas con mayor severidad.
Ingresar, entonces, no siempre significa pertenecer. A veces la oportunidad existe, pero la autoridad, el reconocimiento o la posibilidad de volver a ser convocada todavía deben disputarse dentro del propio equipo.
El criterio que la tecnología no reemplaza
Mauricio comenzó cuando iluminar una escena exigía planificar cada decisión y buena parte del oficio se aprendía observando a quienes llevaban años trabajando en un set.
Hoy, gran parte de ese proceso ocurre de otra manera. Los focos LED permiten modificar la intensidad y la temperatura de color desde una aplicación; las cámaras digitales requieren menos iluminación y los programas de edición ofrecen mayores posibilidades de corrección.
Mauricio no cuestiona esos avances. Al contrario, reconoce que las nuevas generaciones cuentan con herramientas más rápidas y eficientes. Lo que echa de menos es parte del aprendizaje que se producía durante las largas jornadas junto a técnicos experimentados.
“Lo otro, lo romántico, se perdió un poquito”, comenta.
Para él, las herramientas digitales han acelerado el trabajo, pero no sustituyen el criterio de quien ilumina. La diferencia aparece cuando una escena está técnicamente resuelta, pero no logra construir una luz creíble.
“Si hago una película y digo que es un atardecer, pero se notan los focos por todos lados, ahí encuentro que no hay arte”, explica.
Sebastián comenzó a trabajar en una industria distinta. Dirige, monta y corrige color porque contratar un equipo completo resulta demasiado costoso. Nicole observa que, incluso para ingresar a cargos iniciales, se espera que una misma persona maneje programas de edición fotográfica, video y audio.
Eduardo advierte una tendencia similar en la fotografía profesional: algunos empleadores esperan que una persona realice fotografías, grabe videos y edite el material por el mismo precio. Para él, la ampliación de funciones y la competencia mediante tarifas cada vez más bajas están precarizando el valor del trabajo.
El profesional “pulpo” puede grabar, iluminar, editar, corregir color y entregar el producto terminado. La multiplicación de funciones, sin embargo, no siempre se refleja en una mejora equivalente de los ingresos.
La velocidad de producción también ha reducido los espacios de aprendizaje. En publicidad, explica Mauricio, los equipos deben llegar preparados para resolver, porque el costo de cada jornada deja poco margen para enseñar durante el rodaje.
“Hay que estar siempre un paso antes. En publicidad no hay tiempo para enseñar”, señala.
Las nuevas generaciones acceden a herramientas más livianas, rápidas y asequibles. Al mismo tiempo, muchas deben aprender de manera autónoma o en proyectos independientes porque el mercado les exige experiencia antes de ofrecerles un espacio donde adquirirla.

Una ciudad que aparece y desaparece
Concepción puede aparecer en pantalla sin que eso implique la consolidación de una industria local. Cuando una producción de Santiago rueda en la región, cuenta Nicole, suele contratar apoyo durante las jornadas de grabación y luego continuar el proceso con su equipo permanente.
La ciudad aporta locaciones y trabajo técnico puntual, pero no siempre retiene continuidad laboral ni participación regional en las etapas creativas principales.
“He quedado fuera por no ser de Santiago”, afirma.
Nicole considera que las grandes productoras deberían incorporar a profesionales regionales no solo como apoyo circunstancial, sino también como integrantes de sus equipos durante las producciones realizadas fuera de la capital.
Sebastián, en cambio, encuentra en Concepción una red de colegas y un espacio de colaboración entre músicos jóvenes que saben cómo quieren sonar, pero no siempre cómo desean construir su imagen.
“Muchas veces tienen muy clara su propuesta y cómo quieren sonar, pero no saben cómo se quieren ver”, explica.
Ese intercambio comienza a desarrollar una memoria visual de la escena local. El límite vuelve a ser económico.
“Nos escuchamos y nos apoyamos y podemos crecer visualmente, pero ninguno está ganando plata”, dice.
En algún momento, Sebastián creyó que debía trasladarse a Santiago para vivir de su carrera. Después comprendió que instalarse en la capital tampoco le garantizaría una entrada.
“Me choqué con la realidad de que tampoco me estaban llamando allá. En Santiago nadie me conoce, nadie me necesita”, reconoce.
En Concepción, en cambio, cuenta con compañeros especializados en cámara, arte, montaje y corrección de color. La capital ofrece un mercado mayor, pero también una competencia más extensa y redes en las que todavía no tiene participación.

Mauricio tampoco considera que Santiago sea el único destino posible. Reconoce que allí se concentran las productoras, los equipos y los proyectos de mayor presupuesto, pero sostiene que el mercado está saturado y que las regiones pueden desarrollar nichos propios.
“Todos los proyectos grandes van a estar siempre en Santiago, porque las compañías están ahí. Pero para vivir de este mundo creo que hay harto campo afuera que no está visto”, explica.
Entre esas posibilidades menciona videos para empresas, piezas institucionales y producciones para artistas emergentes. Los presupuestos pueden ser menores, pero también existe mayor autonomía para experimentar y construir una propuesta propia.
Eduardo observa otro vacío: la falta de circuitos estables donde exhibir fotografía. Con el tiempo, incluso su práctica callejera ha disminuido. Mirar hacia arriba, cambiar de ángulo o descubrir una escena mientras caminaba entre una pauta y otra formaba parte de su rutina.
En Concepción, sostiene, existen pocas instituciones capaces de mantener una programación fotográfica estable. Por eso propone ampliar la mirada hacia espacios no convencionales, como centros comerciales u otros lugares de circulación cotidiana, donde las imágenes puedan encontrarse con personas que no asisten habitualmente a galerías.
Se trata de registros alejados del presupuesto de una producción cinematográfica, pero capaces de documentar la transformación de una ciudad. Sin lugares donde circular, buena parte de esas imágenes permanece en archivos personales o, sencillamente, deja de producirse.

La desigualdad también aparece en la distribución territorial de los recursos públicos. En 2024, la Región Metropolitana concentró el 43,7% de los proyectos seleccionados por los Fondos Cultura y el 45,1% de los recursos, mientras la Región del Biobío recibió el 4,5% en ambos indicadores.
La comparación debe considerar la concentración demográfica del país. La Región Metropolitana reúne cerca del 40% de la población nacional, mientras Biobío representa alrededor del 9%. Las cifras permiten describir una concentración territorial, pero no demostrar por sí solas la existencia de favoritismo en los procesos de selección.
La dificultad no reside únicamente en que Santiago concentre más oportunidades. También aparece cuando una región ofrece escenarios, profesionales y relatos, pero no consigue retener de manera estable los procesos productivos que los convierten en imágenes.
Lo que el presupuesto permite recordar
Nicole percibe la fragilidad del ecosistema cultural en la pérdida de espacios de encuentro y exhibición. Entre ellos menciona a Artistas del Acero, corporación que durante décadas acogió exposiciones, talleres y actividades culturales en Concepción y que anunció el cese de sus actividades en octubre de 2025, después de arrastrar problemas financieros durante años.
La discusión sobre el financiamiento público, sin embargo, muestra un escenario más complejo que una reducción generalizada de recursos. Las bases de Fondos Cultura 2027 contemplan $41.405 millones, frente a los $45.780 millones comprometidos en la convocatoria 2026, lo que representa una disminución de 9,6%. La cifra difiere del 50% que circuló públicamente porque este último porcentaje surge de comparar categorías presupuestarias distintas: Fondos Cultura corresponde a las convocatorias regulares, mientras los fondos culturales y artísticos incluyen también otros programas, premios y convocatorias desarrollados durante el año.
El comportamiento tampoco es igual entre disciplinas. El Fondo Audiovisual pasa de $12.778 millones disponibles en las bases de 2026 a $12.622 millones en 2027, una reducción de 1,2%. Dentro del mismo fondo, las variaciones dependen de cada línea: las Becas Chile Crea disminuyen 64,4% y la investigación, 40%; la producción de cortometrajes mantiene sus $845 millones y la de largometrajes aumenta 1,5%, hasta alcanzar $6.240 millones.
Para quienes intentan producir fuera de Santiago aparece una diferencia relevante. La línea de Producción Audiovisual Regional aumenta de $1.790 millones en 2026 a $1.900 millones en 2027, un incremento de 6,1%. También crecen las líneas de distribución de cine, en 6,5%, y de difusión, exhibición e implementación audiovisual, en 0,9%.
El aumento regional no se limita al audiovisual. Fondart Regional pasa de $8.323 millones a $9.640 millones, un incremento de 15,8%, mientras Fondart Nacional disminuye 24%. Según la minuta de Fondos Cultura 2027, los ajustes fueron definidos junto a los consejos sectoriales y las mayores reducciones se concentraron en Becas Chile Crea e investigación para evitar afectar en mayor medida líneas asociadas a proyectos con equipos de trabajo más numerosos y mayor empleabilidad.
Los fondos públicos forman parte de las posibilidades que Nicole identifica para desarrollar proyectos independientes. Durante su formación recibió herramientas para elaborar presupuestos, buscar financiamiento y completar postulaciones.
“Es súper tedioso llenar todos esos papeleos porque son muchas cosas, pero sirve caleta si uno quiere hacer algún proyecto independiente y no tiene cómo sustentarlo”, explica.
La experiencia de Eduardo introduce otra dimensión. Formado en una etapa distinta del campo profesional, considera que la educación artística ha tendido a dejar en segundo plano herramientas relacionadas con la gestión de negocios y el cobro del propio trabajo. También advierte que adjudicarse un fondo no equivale a conseguir estabilidad laboral y que quienes trabajan de manera independiente terminan diversificando sus fuentes de ingreso.
La convocatoria pública puede financiar una película, un cortometraje o una obra regional. Las trayectorias de Nicole, Sebastián, Mauricio y Eduardo muestran qué ocurre en los periodos que quedan entre esos proyectos: trabajos en otros rubros, encargos comerciales, producción independiente y redes profesionales que permiten continuar vinculados al oficio.

Lo que una ciudad deja de recordar
Las cuatro fuentes identifican condiciones distintas para sostener la creación audiovisual desde regiones.
Para Sebastián, los proyectos locales deben contar con recursos suficientes para pagar el trabajo de quienes participan y reducir la dependencia de colaboraciones gratuitas. Nicole destaca la necesidad de disponer de espacios de exhibición, integrar equipos regionales y construir ambientes donde las responsabilidades de las mujeres sean reconocidas.
También propone reglas de paridad, convocatorias dirigidas a mujeres y disidencias y mecanismos que permitan ampliar el acceso a cargos de liderazgo, todavía ocupados principalmente por hombres.
Eduardo identifica la falta de circuitos para la fotografía y cuestiona un mercado que exige cada vez más funciones por tarifas menores. Mauricio destaca la importancia de que el conocimiento técnico pueda transmitirse durante el trabajo y de que las nuevas generaciones cuenten con oportunidades para equivocarse, corregir y aprender.
Su consejo para quienes recién comienzan es no interpretar el rechazo como una sentencia definitiva.
“Tenerse fe, creer y perseverar. No porque te digan tres o cinco veces que no vas a pensar que va a ir mal. Hay que escuchar los no, corregir y seguir hasta que en algún momento llegue el sí”, sostiene.
Sebastián registra a músicos que todavía no cuentan con un archivo visual consolidado. Nicole aprendió a observar una crisis social y a narrar una época mediante objetos, colores y atmósferas. Eduardo ha convertido la fotografía en una práctica de memoria cotidiana. Mauricio conserva un conocimiento técnico adquirido durante décadas de rodajes.
Ninguno habla del audiovisual únicamente como una fuente de ingresos. También lo describe como una forma de observar el territorio, narrar sus transformaciones y conservar imágenes capaces de permanecer.
Sebastián todavía espera realizar una película en cuyos créditos aparezca como director. Nicole quiere vivir del arte y especializarse en dirección de arte. Eduardo continúa extrañando el peso de su cámara cuando sale sin ella. Mauricio reconoce el costo familiar de su trayectoria, pero conserva un conocimiento que espera seguir aplicando y transmitiendo.
Sus historias no resuelven cuánto debería invertir una ciudad en cultura. Tampoco permiten afirmar que una industria regional pueda construirse únicamente a partir de fondos públicos, redes personales o voluntad individual.
Sí muestran algo más concreto: cuando quienes registran un territorio no encuentran condiciones para continuar haciéndolo, no solo se pierde una fuente de trabajo.
También se pierden las imágenes con las que una ciudad podrá recordarse.




