Con más de siete millones de reproducciones en Spotify, la canción Ahora soy mi propia prioridad de Nyla Stone no demoró en hacerse viral en redes sociales. Su mensaje de autoayuda, acompañado de un vozarrón femenino, fue suficiente para lograr dicha visibilidad. ¿El problema? Su intérprete no existe. Tanto Stone como la instrumentación que suena de fondo fueron hechas con Inteligencia Artificial (IA).
Este fenómeno no es nuevo. Los avances más recientes en tecnología generativa han difuminado la barrera entre lo real y lo generado por IA. Lo que se discute es que millones de personas conectaron con una artista artificial, lo que supone un cambio respecto a la forma en que los oyentes se relacionan con el arte. El asunto ahora es cómo esto afecta los procesos de composición, la labor de los músicos y la forma en que escuchamos.
En ese sentido, es necesario entender el proceso detrás de la generación artificial de una canción. Julio Godoy, doctor en Ciencias de la Computación, explica a Revista Punto C que “las IAs generativas, como su nombre lo indica, generan datos similares a los que usaron para entrenarse. No están inventando algo nuevo, sino que repiten lo que ya han visto”.
En el caso de aplicaciones como Suno, que generan música en base a prompts, agrega que “estos son entrenados con muchas piezas musicales, junto con texto que las describe. Luego, una vez finalizado el entrenamiento, podemos pedirle al modelo de IA generativa que elabore una pieza”. El resultado depende de las etiquetas: “Busca, entre los datos que ha visto, cuáles se parecen a lo que está pidiendo el usuario. En lugar de devolver alguno de los datos existentes, devuelve datos que en promedio se parecen a los relacionados con los que pide el usuario”.

¿Componer o administrar?
Para Felipe Castro, licenciado en Composición Musical y productor de música electrónica, los efectos de la IA dependen de cómo se use. Existe un espectro que va desde “una conversación con un chatbot que te dé ideas o genere sonidos sin llegar a componer, hasta algo como Suno, que puede crear una canción completa a partir de un prompt”. Sobre casos como este último, argumenta que “es cercano al plagio, considerando la forma en la que se obtuvieron los datos para entrenar a ciertos modelos”.
Este proceso, al depender de un catálogo y de la precisión de la orden, genera una distancia entre quien manda y quien produce. “Hacer música con prompts te vuelve un administrador, un espectador. Elegir el mejor es lo que podría distinguir a un buen prompteador de uno malo, siempre y cuando el modelo tenga la capacidad de generar una variedad suficiente. Siendo DJ ocasional, esto no me parece algo negativo en sí mismo: valoro mucho la capacidad de, justamente, valorar”.
Para explicar su punto, el músico lo compara con el arte visual: “En algún sentido es similar a lo que le pasó con la figuración y el realismo en pintura cuando apareció la fotografía. Es mucho más difícil representar un paisaje con óleo que tomarle una foto, y si tenemos la idea de ser realistas, la foto lo hace mucho mejor. Eso sí, hay que elegir la foto correcta, y para eso hace falta criterio y un ojo estético. Pero todo el conocimiento y la sensibilidad que requiere aprender a dominar la pintura no se pierde con la fotografía”.
Debido a esa distancia, Castro es enfático: “Yo diría que la generación automática de música a través de prompts no es hacer música realmente. Prácticamente todos los aspectos de creación propiamente dicha están ausentes. Eso no me parece malo en un sentido ético, pero tampoco me parece que resuelva ningún problema presente en la creación musical previa a la IA”.
La devaluación del artista
A través de una publicación en Instagram, la Sociedad Chilena de Autores e Intérpretes Musicales (SCD) cuestionó a las cadenas de supermercados por usar música folclórica hecha con Inteligencia Artificial en estas pasadas fiestas patrias. El motivo es simple: las empresas lo hacen porque así evitan pagar derechos de autor por reproducir las piezas originales. Este escenario, donde las canciones tradicionales de un país son reemplazadas por un sucedáneo, muestra un cambio en la valorización del arte.

“Bueno, qué se puede esperar de los conglomerados”, comenta Maximiliano del Canto, licenciado en Música e Interpretación con mención en batería. Precisa que estas condiciones perjudican a los artistas, pues “dejan en segundo o incluso tercer grado a los proyectos artísticos y musicales”. Aun así, el baterista no ve mucho futuro en este tipo de iniciativas: “Creo que es cosa de tiempo para que se acabe, toda novedad tiene un tiempo limitado de vida”.
Para el intérprete, el éxito momentáneo de estas piezas se debe al desinterés en el esfuerzo detrás de la música: “La gente que consume ese tipo de productos en masa no tiene ni la más mínima idea sobre lo que se trata ser artista, y me parece que es así porque no les interesa saberlo, no quieren conocer ni el origen ni el proceso de una obra”.
Felipe Castro también coincide en ese último punto. “Siento que la aparición de la música creada mayoritariamente con IA se ubica en un proceso histórico de devaluación de la música”, comenta, situando el origen de ese cambio en los inicios de la piratería digital.
Los hábitos de escucha, según Castro, también se vieron afectados, ya que ahora “descubrir y escuchar nueva música es una acción prácticamente involuntaria gracias a los algoritmos. Escuchas una playlist infinita, disfrutas o no disfrutas, quizá guardas una canción, pero ni idea quién era el artista, de qué época, de qué país, quizá ese artista nunca existió”.
Un ejemplo de esto ocurre en Spotify, con la incorporación de una guía musical potenciada por IA llamada DJ Livi. Su labor es recomendar canciones en base al algoritmo del usuario y generar comentarios contextuales. Para entrenar la versión en español de esta característica se utilizó la voz de Olivia Quiroz, editora senior del mismo servicio de streaming.

Consecuencias personales
Con esto en mente, es entendible que casos como el de Nyla Stone se vuelvan virales. Camilo Aguilera, magíster en psicoterapia y autor del libro Emociones fantásticas y dónde encontrarlas, explica que “la gente los ve como símbolos, como también han tenido a personajes ficticios de películas, series o anime”. “Lo que sí puede ser un problema”, continúa, “es cuando no se sabe realmente si son IA o son personas porque eso sí podría ser un engaño, el creer que estás relacionándose con una persona y que en realidad no lo sea”.
Desde su punto de vista, la arista más cuestionable de estas relaciones tiene que ver con lo que se está apartando. “Más que problematizar la IA, hay que ver qué se está dejando de lado por ponerle tanta atención a estos vínculos simbólicos que no implican tanta reciprocidad. Ahí sí puede haber un peligro a largo plazo”.
“Los vínculos son bastante importantes para la salud mental, para crear un buen sentido de vida, para la regulación emocional y la sensación de soledad” agrega Aguilera. Sobre esto mismo, advierte que depender de este tipo de relaciones “podría generar un poco de alienación”, pues genera una despersonalización donde el rol que antes lo tenía una persona, ahora recae sobre una inteligencia artificial.
¿Qué hacer?
Debido a las consecuencias que provoca tanto en artistas como en oyentes, plataformas como Spotify, Deezer o Apple Music están implementando medidas para limitar el alcance del contenido hecho con IA. Un ejemplo de estas prácticas es el etiquetado, donde se especifica si una pieza fue realizada con esta tecnología.
Para Julio Godoy, este sistema no basta: “Han aparecido formas de borrar estas marcas, por lo tanto, no es una tecnología lo suficientemente madura y quizás nunca lo sea”.
El perjuicio es también económico, explica, pues “es difícil determinar qué datos se están usando para generar nuevas piezas”, por lo que “no existe claridad sobre cómo las grandes empresas tecnológicas deberían compensar a los autores por el uso de su música”.
En cuanto al uso cotidiano por los músicos, hay formas no invasivas de aplicarla. Maximiliano del Canto, quien además de intérprete hace clases de batería, usa algunas para facilitar el aprendizaje. “Utilizo una App llamada Moises la cual funciona con IA y sirve para separar por pistas una canción”, especifica, ya que así puede aislar el sonido de la batería para estudiarlo con más detalle. También la usa para silenciar dicho instrumento y que sus estudiantes puedan tocar encima de una pista con mayor facilidad.

Más allá de la práctica, Del Canto cree que también hay un sesgo en la mirada hacia los procesos creativos: “El problema radica en la instantaneidad, le está haciendo mucho daño a los procesos creativos y de aprendizaje. Hay que reaprender a hacer las cosas por uno mismo, con amor, y sentirse orgulloso por ello”.
El punto es compartido por Felipe Castro, quien cuestiona la idea de buscar que la IA apresure todos los procesos artísticos. “Claramente puede agilizar la producción, pero en la misma medida en la que se supedita la música a la eficiencia productiva, se reduce su poder” agrega.
En la misma línea de Del Canto, concluye que la solución parte por un tema de valoración: “Espero que todo esto tenga un límite y se vuelva cool ir a tocatas, conciertos, fiestas con DJs y shows en vivo, escuchar música mal hecha, poco viable comercialmente. Lo único que no puede hacer la IA es ser tú”.




