¿Los malls mataron las ciudades?: la batalla por el espacio público

A mi papá le gusta ir a pasear al mall. De verdad. Según explica (en un tono de broma, pero real en la práctica) le gusta ver tiendas y que esté todo cerca.

Y desde hace un tiempo ese pensamiento me ha dado vueltas. Quieres encontrarte con un amigo, conversar un rato, llevar a tus hijos a jugar o simplemente pasar la tarde sin tener que comprar nada… pues probablemente el mall sea la alternativa mas viable.

Claro, puede saltar el parque o la plaza. Pero ¿y si hace frío? ¿Y si llueve? ¿Y si la plaza está mal mantenida? ¿Y si no hay dónde sentarse? ¿Y si, además, tienes que ir a hacer un trámite importante al baño… pero no hay baño?

Ahora seguro terminas en el mall. No necesariamente porque quieras comprar algo. Puede que solo quieras caminar, mirar vitrinas, comer algo, ir al cine, encontrarte con alguien o matar un par de horas.

Y ahí aparece una paradoja bastante extraña: en una ciudad donde el espacio público debería ser el lugar de todos, cada vez más actividades que antes ocurrían en plazas, calles y parques están encontrando refugio en lugares privados.

El dilema es que estos lugares no fueron diseñados solamente para que nos encontremos. Fueron diseñados para que consumamos.

Seguir encontrándonos, ¿pero comprando?

La idea puede parecer exagerada. Después de todo, un mall es un centro comercial. Hay tiendas, restaurantes y cines. Bacán.

En nuestro país hay más de 300 centros comerciales catalogados como malls según los registros generales de la Cámara de Centros Comerciales de Chile, y hace décadas que los centros comerciales dejaron de ser solamente lugares para comprar.

Un estudio de Mónica Flores Castillo, de la Pontificia Universidad Católica, analizó esta situación en La Florida, Santiago, y encontró algo bastante revelador: una parte importante de la vida pública, la recreación y el ocio de los habitantes de la comuna ocurre dentro del mall.

Plaza de la Independencia, Concepción – Zona de encuentro tradicional de la ciudad

La investigadora comparó estos espacios con las calles, veredas, plazas y parques tradicionales de la comuna y la diferencia era evidente. Mientras dentro del mall existía actividad, limpieza y personas circulando, inmediatamente afuera aparecían calles deficientemente mantenidas y con mucha menos vida pública.

En otras palabras, la gente no necesariamente dejó de querer encontrarse, simplemente usa otro lugar para hacerlo, más limpio, iluminado y seguro.

Y quizás ahí está la clave. Así lo explica a Revista Punto C el arquitecto y docente de la Universidad del Desarrollo José Ángel Brunel: “Creo que más que pensar que las personas han dejado de querer encontrarse en el espacio público, deberíamos preguntarnos por qué comenzaron a encontrar mejores condiciones para hacerlo en otros lugares”.

De ciudadanos a clientes

Una investigación sobre el Mall Plaza Vespucio, en La Florida, estudió cómo los jóvenes utilizaban este espacio. Los investigadores encontraron que, para muchos de ellos, las diferencias entre un espacio público y uno privado perdían importancia en la práctica.

Durante buena parte de la historia de nuestras ciudades, las plazas fueron lugares donde uno podía estar sin necesidad de justificar su presencia. Ese principio parece estar cambiando.

Hoy podemos encontrarnos en un espacio privado que cumple muchas de las funciones de un parque o plaza, pero donde nuestra permanencia ocurre bajo reglas que no controlamos: sin manifestaciones, músicos independientes o expresiones sociales.

Aunque la mayoría de las personas jamás piensa en esto mientras toma un café o se reúne con sus amigos, existe una diferencia enorme entre estar en un lugar porque tienes derecho a estar y estar en un lugar porque el propietario permite que estés.

Brunel apunta precisamente a una de las razones que explican este desplazamiento: “El mall ofrece algo que muchas veces nuestras ciudades han dejado de garantizar: protección frente al clima, seguridad percibida, iluminación, servicios, lugares donde detenerse y una oferta constante de actividades”.

Los centros comerciales y recintos privados ofrecen esas comodidades, pero a cambio de la exposición constante a la actividad del consumo.

Eso puede modificar nuestra relación con la ciudad. El encuentro deja de producirse solamente porque somos vecinos, ciudadanos o personas que comparten un territorio. Ahora solo coincidimos como clientes de un espacio de compras.

Galería de Cristal, Viña del Mar – Los espacios de comercio tradicional creaban auténticas plazas públicas

El mall me cambió la calle

Comercio y espacio público han estado históricamente ligados. Los mercados, las ferias, las galerías y los pasajes demuestran que el intercambio comercial puede ser uno de los grandes activadores de la vida urbana.

El desafío aparece cuando el comercio deja de construir ciudad y comienza a encapsularla. El mall ya no solamente ocupa un lugar dentro de la ciudad sino que, en ciertos casos, comienza a reorganizar y sacrificar la ciudad alrededor suyo.

Una investigación sobre el Costanera Center realizada por la arquitecta Liliana De Simone muestra precisamente cómo este megaproyecto inmobiliario consolidó una zona de la ciudad diseñada alrededor del consumo, transformándola en nuevo “centro urbano”. 

Ese efecto no quedó encerrado dentro del edificio. La llegada del megamall modificó los flujos de personas, impulsó nuevas actividades comerciales y produjo respuestas de las autoridades para ordenar un espacio público. Veredas abarrotadas, áreas verdes sacrificadas para el vehículo y una torre de 300 metros que no logra dialogar con la escala humana son parte de los desafíos urbanísticos del sector.

¡Pero invítame a habitar!

Sería fácil concluir que los malls son malos y las plazas son buenas. Pero los estudios al respecto en realidad evidencian que los espacios urbanos tradicionales que usaron nuestros padres y abuelos ahora, simplemente, no cubren las necesidades actuales.

Entonces es que la gente se encuentre en un mall. El problema es que quizás cada vez necesitamos más de estos lugares porque la ciudad tradicional no está entregando espacios suficientemente buenos para encontrarnos.

Es ahí donde no debemos quedarnos en lo estático, sino en recuperar el valor que hace de una plaza un lugar único y volver a transformarlo en un sitio atractivo. Brunel lo explica desde la arquitectura: “La calle, la plaza, el mercado o la galería admiten lo espontáneo: atravesar, mirar, detenerse, encontrarse con alguien o simplemente estar”.

Y ahí está el desafío, crear lugares que inviten a habitar y no simplemente construir por capricho inmobiliario o especulación.

¿Podemos construir otra ciudad?

Hay proyectos contemporáneos que comienzan a explorar nuevamente esa condición.

En Santiago, espacios como el MUT se alejan, con distintas escalas y estrategias, de la idea tradicional del centro comercial como una caja completamente hermética e incorporan patios, terrazas, vegetación, circulaciones exteriores y espacios de permanencia.

Mercado Urbano Tobalaba, Santiago – Ejemplo de adaptación del espacio privado a lo público

No son modelos perfectos ni ejemplos que debamos copiar literalmente, pero sí logran generar una transformación en lo que entendemos como un lugar de encuentro.

En ciudades como Concepción o Valdivia, con climas más desafiantes que el de Santiago, la propia arquitectura tradicional puede ofrecer un nuevo camino: galerías, corredores, patios centrales o umbrales son lugares donde protegernos sin aislarnos y que pueden ser el punto de partida para una nueva arquitectura del encuentro.

Como plantea Brunel, “no todo lo público tiene que estar a la intemperie, así como no todo lo protegido tiene que estar encerrado. Entre la calle y el edificio existe un espesor que la arquitectura puede recuperar. Un lugar donde protegernos sin aislarnos, detenernos sin necesariamente consumir, atravesar sin sentir que estamos entrando a un recinto y encontrarnos sin haberlo programado”.

Y es que la ciudad no está perdida (nunca lo está del todo), sino que su transformación debe dejar de preguntarse “¿dónde puedo conseguir más clientes?” y volver a pensar “¿cómo logro que mis habitantes vivan su ciudad?”.

Tal vez así, algún día, mi papá quiera cambiar su paseo durante el fin de semana.

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